Que el Régimen de Excepción fracase devino en una obsesión que atenta contra un pueblo y no contra el mal llamado “dictador”.
El Bukele que se les hizo delirio a aquellos opositores que forjaron, con silencio y amateurismos, criminales. A los que entregaron a los salvadoreños a la barbarie.
El Presidente de El Salvador, Nayib Bukele, gira parcialmente su discurso sobre las maras pero lejos de la especulación entusiasta del fracaso el giro se centra en la nueva fase del Estado de Excepción.
Sanear las calles de El Salvador requería de medidas drásticas en favor de la recomposición del tejido social y en un claro detrimento del tejido delictivo que se construyó a la vista y silencio de los hoy indignados. Y de varios escandalizados.
Durante la primera etapa de saneamiento ningún marero podía quedar afuera. Que alguno quedase por fuera de la estructura de excepción, sin importar el grado de participación, equivalía a un potencial rearmado de las distintas clicas que se fueron desarmando como dendritas de un sistema criminal sanguinario, inescrupuloso y con aspiraciones crecientes. Que uno quedase afuera representaba poner en riesgo un modelo que tenía todo para perder, pero también todo por ganar.
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La criminalidad en El Salvador se configuró de forma homogénea. Y con los vicios adquiridos durante las guerras civiles. Por eso su modelo no es viable de ser incorporado en América Latina, ya que en este lado del continente la criminalidad tiene, en su mayoría, una lógica de fusión que la hace más compleja al momento de abordar y por supuesto de investigar. Podrían, en todo caso, adaptarse ítems vinculados a lo penitenciario.
Cholos y pachucos en la impronta marera. La transición de pandilleros a mareros se gestó, ya de forma acabada, en el regreso a sus países de origen con una carga de violencia feroz. El narcomenudeo y la explotación sexual fueron dos delitos de base. Una transición de la que fueron testigos todos los ahora espantados y abrazados a la selectiva mirada de los DD.HH. Y los distintos recursos humanos de la criminalidad organizada los habilitadores de armas, mayor protección y lazos.
El Salvador sí fue un territorio bañado de sangre.
Un derrame bestial en ese triángulo norte, junto a Honduras y Guatemala, viciado de inseguridad por pandilleros armados en un proyectos de poder y con alianzas suficientes para que el miedo se transformase en terror.
Bukele fue el primer Presidente de El Salvador que entendió la transición de pandilla a mara y le dio el tratamiento de organizaciones criminales a aquellas agrupaciones a las que se miró con la complacencia de ser, en la instalación a priori, emergentes de un sistema injusto que las empujó a violar los DD.HH humanos de un país entero con asesinatos, violaciones, extorsiones y demás acciones ilícitas como drogar niños, golpearlos, extorsionarlos y construir asesinos.
Después de cuatro años del Régimen de Excepción la administración Bukele discrimina los niveles de participación que tuvieron los sujetos que componían o eran funcionales por distintos motivos a las células ilícitas.
Liberar a algunos pandilleros antes del cumplimiento de la condena tiene varias lecturas:
Intentar aquietar las denuncias por excesos y/o violaciones a los DD.HH. Forjar y planificar una nueva etapa para los pandilleros vinculada a la reinserción social.
La potencial medida de Bukele también alimenta la versiones de "acuerdo" con los pandilleros para pacificar el país que lanzó en su momento la oposición y algunos medios de comunicación, locales e internacionales, que por ignorancia manipulada creen que solo se puede dar seguridad por pactos con los delincuentes y no por una estrategia concreta basada en la investigación y el trabajo territorial.
Lo cierto es que esas lecturas existen pero no son las que se ajustan a la ingeniería intelectual de la administración. El mismo Presidente de El Salvador aclaró la situación y expresó, en otras palabras, que no habrá anomia ni impunidad para asesinos y violadores.
El estado de excepción como todo programa de seguridad tiene distintas etapas y plazos.
Existe un infernal deseo por el fracaso del mismo que invita a distorsionar y a autovalidar especulaciones que se disuelven en la vulgaridad argumentativa.
El riesgo no es la oposición acomodaticia a la evaluación de la inseguridad. Tampoco son los medios de comunicación. El riesgo es superior porque tiene registro histórico, así como nuevas herramientas tecnológicas para la comisión de delitos.
El riesgo superior es que los sujetos de “lineas menores” o satélites externos que salgan se rearmen y generen un "ajuste de cuentas" con la administración Bukele en detrimento de la recomposición del tejido social poniendo nuevamente a los salvadoreños como rehenes. La sociedad en el medio del poder político y el poder criminal.
Ese es el verdadero estudio del Gobierno de El Salvador. Un Gobierno tiempista. Por ende no ansioso y con la perversidad sublime de ser espectador sin sangre de la teorías conspirativas fracasadas.



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