Río de Janeiro: La seriedad la pone la sangre

28 de marzo de 2018




Nadie con trabajo de campo puede sorprenderse por lo que ocurre hoy en Brasil con el Narcotráfico, las bandas y el territorio. La masacre no es más que una consecuencia lógica y natural de lo que fue una lucha escenográfica asentada, fundamentalmente, en las favelas.

Un despliegue espectacular en donde las operaciones "eran entregadas" como relata una fuente de seguridad de dicho país.

Brasil asiste al estupor colectivo de quienes desconocían que la lucha contra el narco fluctuaba entre la puesta en escena, la liberación de operaciones y acuerdos subterráneos para frenar la cosecha de cadáveres que se imponía como tendencia.

Desde la cárcel, la masa crítica encerrada sin contenciones y con tiempo sagrado para el mal, digita con estoicismo la barbarie del afuera.

Lo vinculado a la seguridad en Brasil transcurrió en un simulacro de implosiones y explosiones que desataron, a partir del pulso cotidiano de las fuerzas de seguridad tomadas por una ostentosa corrupción estructural, el poco respeto de la delincuencia por una autoridad diluida entre la cocaína, el oxi y los pactos.

Algunos internos dicen: “entre nosotros y la Policía la única diferencia es el uniforme”.


La llegada de los militares a las favelas de Río de Janeiro y puntos neurálgicos acrecienta la violencia por falta de estrategia. La militarización responde al efecto paradojal de haber incursionado sin entender, que la marginalidad cultivada tomaría, en muchos casos, el canal delictivo.

Los Narcos no respetan el uniforme porque en muchos casos los uniformes fueron la parte de legal de ellos.

Asiste, el país, a uno de los peores estadios en materia de derramamiento de sangre por narcotráfico, ya que se acumularon las generaciones. Se acumuló el lumpenaje. Los parias que no vieron otra cosa más que “plomo y droga”


Una vez más, los hijos de la droga. Tan cerca de nosotros, los jactanciosos argentinos del tránsito o de la lucha sin piedad. Ambas frases tan falaces y funcionales a que los procesos, en nuestro país, siempre se desarrollasen con funcionalidad al mal.

Un país en donde el Narco tiene la particularidad de haber crecido y desarrollado bajo fusión. Por eso no es descabellado sentir, cada vez más cerca, el espectro de las células de carteles brasileños. Espectros que están desde hace años y que hoy ya se expresan dando indicios que responden a que Argentina -a pesar del equivocado mensaje de la Señora Ministro Bullrich que le hace repetir al Señor Presidente Macri- sí sigue siendo negocio para la Narcocriminalidad.

Fusionado, con una base local sólida, los narcotraficantes monitorean.


La DEA no amedrenta a los carteles. Saben que lejos está de ser la panacea y que su creación fue una forma de darle un marco de seriedad a la cantidad de desaciertos y fracasos que tuvo la lucha contra las drogas librada por Estados Unidos. País que junto a Brasil son deliberadamente funcionales a la economía blanca porque son los mayores consumidores de cocaína del continente.

Lo cierto es que Brasil envía soldados a las favelas como Argentina envía gendarmes a las villas sin planes. Acumular recursos humanos para justificar slogans: "Barrios Seguros". 

Sin embargo, hay una diferencia sustancial. La diferencia es que en Brasil, la seriedad, la pone la sangre. Porque no existe guerra o lucha contra las mafias del crimen organizado sin sangre derramada. Sin choque de fuerzas, aunque sea, para disimular.

"Marihuana sí, cocaína no" relata un informante que constata que la rentabilidad de la segunda sustancia, en estado puro o diluida, se custodia casi religiosamente. 

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En Lins de Vasconcelos, más allá de la unidad policial apostada desde el año 2013 y que logró la expulsión de varios narcos, la situación sigue siendo compleja porque la salida de unos, con el tiempo, permitió el ingreso de otros. Por eso las irrupciones siempre tienen resultados positivos de detenidos y secuestro de sustancias. Un secuestro inversamente proporcional a los niveles de consumo.

Ocurre que el caos de afuera comienza adentro. En las cárceles bárbaras donde los enfrentamientos no tienen límites. Para los narcotraficantes "el cartel es la vida". Así es como se destrozan con ensañamiento y posterior alevosía miembros del Primeiro Comando da Capital con Comando Vermelho. 

Es la historia a partir de la cárcel. A partir del fracaso del servicio penitenciario que se reproduce como epidemia por América Latina sin ser, Argentina, la excepción. En donde la regla es el abuso. Y el sentimiento de pertenencia se acomoda sobre un capital cultural violento que toma forma en la conformación de la banda. 

Donde todos buscan sobrevivir como en la dialéctica hegeliana del "amo y el esclavo". Y para sobrevivir no encuentran más que vivir en ese estado de todos contra todos, ya que solo la desconfianza les puede garantizar, mínimamente, un estado de poder sostenido.

Sobrevivir adentro para manejar, en el oximoron de la ilegalidad legal, el principal proyecto de poder que hay en el mundo: El Narcotráfico. El cual, a su vez, financia el segundo proyecto de poder mundial: El Terrorismo.

Ambos proyectos, no entendidos como tales, son los que hoy movilizan a miembros de generaciones que forman parte, entre otras cosas, de otro fracaso, el de la integración social. 





 
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