Catarsis

La mentira del progreso y el abuso de la ignorancia.


En la irrefrenable debacle del sentido de la seguridad, se protege el crimen organizado.

Instaladas, acomodadas y sujetas a los placeres de la anomia, las organizaciones delictivas poderosas se han dispuesto a manejar los hilos sociales del poder con el amparo de la ignorancia voluntaria y la compulsiva negación gubernamental.

Minimización ante la maximización de un estado de inseguridad imposible de tapar.

Todo vale en el campo de acción que dejó de ser simbólico para transformarse en un manantial de creaciones escalofriantes que empiezan desde la temprana edad. Buscar, entre los predispuestos, a los más pequeños. A los niños que penden de una soga muy débil que los puede llevar al crecimiento mediante la educación y con ello garantizarse una vida útil o bien, arrastrarse tras las líneas del Narcotráfico asegurándose la muerte.

Convertirlos en Niños Soldados. Pandilleros. Narco Maras.

El eje se posa en el desquicio. La pobreza es una excusa. Y el descenso al Nacional B, es otra.

Ni la pobreza te convierte en delincuente ni el descenso te muta a chorro.

Todos son clichés para cubrir la esencia inmunda del ser humano que destruye porque desconoce el valor de las cosas. El valor del tiempo. La urgencia del trabajo.

La destrucción, históricamente, es más sencilla que la construcción. Así es como cada vez, en el mundo, la estructura del deterioro ensombrece a la estructura del progreso en serio. No, de este simulacro que hoy, en Argentina, se llama Progresismo.

El progreso es, en términos de coherencia, colectivo. No sectario. Tampoco parcial.

El progreso existe en tanto y en cuanto no se privilegie lo peor del pasado para manipular la construcción subjetiva de quienes nacimos en la década del ’70. O denostar a gobiernos pasados para que se naturalicen los actuales estilos despojados de seriedad. Desbordados de liviandad.

Hambre. Crisis alimentaria. Niños desnutridos. Paisaje de indigentes. Muertes por el frío. La locura que penetra. La cachetada del egoísmo. El invierno nos muestra lo peor de la crisis. La fatiga de la necesidad. Y el deseo de algunos, por terminar.


Seguimos adelante.

Tener la mente abierta es legitimar el consumo de la droga.

“Subastar” tu vida en el terreno de la armonía del “cambio” y entregarte a la vagancia estereotipada.

Aterrizar en cualquier acto político creyendo que tu trabajo más trascendental será el de levantar una pancarta, arengar con cánticos y no bañarte. Es que en esta onda de verde de igualdad y profundización del modelo, el agua y el jabón no entran. Así lo revela la muestra de los más jóvenes, así como de algunos actores que lo siguen.

Fumar porro y ser roñoso es “Cool”.

Bajo esos parámetros se pretende conformar una nueva modalidad de familia. La que fluctúa entre la heterosexualidad y la homosexualidad.

Atrasados en cuestiones básicas de funcionamiento, se ahonda en un terreno que requiere de una preparación que cambia amplios lugares de la idiosincrasia. Una paradoja. Empezar por lo más complejo.

Ser progre, en la Argentina actual, es estar a favor de todo aquello que nuestros abuelos nos señalaron como incorrecto. Y no por pacatos o caprichosos, sino por la sencilla razón de que las buenas costumbres no son una moda.

Sin embargo, valores y normas de urbanidad se visten de antigüedad. Como si uno estuviese recortado en el tiempo. Perezoso por agiornarse.


Esquivo de completar un mapa socio cultural que está cambiando y que merece, para ser asimilado globalmente, de tiempo. De espacios de reflexión. De debate sin insultos ni exabruptos.

De una maduración social que hoy no existe porque el tejido está quebrado más allá de los paliativos. De una reestructuración, pantalla de la mediocridad.

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