La Banlieue de París

Iniciamos en el Metro de Passy la observación del cambio del color local y el fracaso de la integración social. (Primera parte del estudio)


Son apenas las cinco de la tarde de un invierno blanco y exquisitamente suave. Sin embargo, es de noche.

Para muchos, la hora de emprender el regreso a casa. El Metro, una de las opciones. Tal vez la más palpable, rápida y económica. Fusión de la oscuridad bajo tierra y la luz de una Torre Eiffel que apenas si se deja ver por la entre condensada neblina.

Ensimismados y despreocupados por el otro, los ciudadanos de París emprenden el monótono camino. Eclécticos, son participantes activos de una Francia diferente. Observada por el ojo agudo de un turista inquieto.

Estación de Passy. Rodeada de los flashes que nos dejó, allá lejos y hace tiempo, “El último tango en París”. Reminiscencias de un pasado glorioso que penetra inexplicablemente agitando el pulso de un tiempo que nunca es eterno.

Allí, en el Metro, el cambio del color local se acentúa porque es el escenario que combina todo lo que comenzó a gestarse en la década del ’60. A medida que nos alejamos, la estética indumentaria cobra un tinte rústico. Despojado. Los rostros son otros y los modismos se superponen en los aromas.

Es que en cincuenta años, mucho había cambiado. Y vertiginosamente más, en los últimos quince años.

Estación por estación aparecen los matices de la metamorfosis. Existe un París más allá de París. Al llegar a Montparnasse la mirada se multiplica. Pero falta mucho más y en otras direcciones. Es que a tan solo 15 o 20 KM encontramos la llamada Banlieue. Los suburbios que rompen con la luminaria parisina. En donde se inició aquello que actualmente preocupa y perturba la estelaridad de la ciudad que llevamos en nuestra mente. Que vivimos, que nos contaron o imaginamos. La Banlieue en donde se dio cita la inmigración.

Clichy-sous-Bois: la verdadera frontera francesa.

2011 es la cara contundente de un París modificado en su estética cultural como consecuencia de una integración presentada como el gran desafío del siglo XX. Integración que se auto impulsaba a triunfar sin contar, con que la profundización de la modernidad, actuaría para boicotear un proceso que no era tan fuerte y sostenido como se lo consideraba.

París estalla en un crisol. Quienes se acoplaron a los usos y costumbres, en los inicios del acomodamiento multicultural, se reprodujeron en generaciones. Y es ahí (en la naturalidad de la procreación que necesitó, en muchos casos de una combinación francesa con inmigrante) donde se producen las primeras fisuras de la imagen de un tablero que simulaba orden. Es que con el proceso de integración también se iniciaba, implícitamente en el mundo, un proceso de descomposición social producto de una imposición migratoria que llegaría con los años. Con las generaciones venideras que al contrario de las primeras, no se amoldaron a las normas de los países en los cuales nacieron.

Son la antítesis de aquellos pobladores de las antiguas colonias africanas que llegaron, por ejemplo a Francia, en los años ‘60, maravillados por un crecimiento económico que necesitaba de una mano de obra ansiosa por trabajar.

“Los inmigrantes podían trabajar en Francia y a cambio debían incorporar los principios y costumbres para integrarse a la nación. Esto funcionó de forma muy natural en las primeras décadas, pero algo comenzó a desacoplarse con la segunda y tercera generación de inmigrantes -ya muchos franceses en los papeles, pero no tanto en la mentalidad- y con los nuevos extranjeros que llegaron a Francia en un contexto laboral mucho más precario.” (Ignacio Coló)

El panorama descripto por Coló da cuenta de que la no imposición primaria del inmigrante se da a nivel secundario. Hablamos de la contradicción del a priori con el a posteriori. Situación que implosiona, en un primer momento, en el seno de la familia combinada y luego, explota o estalla enseñando una Francia violenta. Rebelde.

Que baja de La Banlieue ya marginal para descargar su ira. La frustración sentida por el migrante que sí es francés pero cuya estructura de pensamiento tiene más que ver con los genes. Con su descendencia. Aquella que no fue renegada por sus padres y/o abuelos aunque sí adaptada a las necesidades que encontrarían su satisfacción en la ciudad luz, así como en otros centros del país.

La primera generación de inmigrantes tuvo un comportamiento mucho más francés que los nacidos en Francia de la fusión nativa con migratoria.

La falta de adaptación a la rigidez cultural y educativa en Francia, así como el sentimiento de exclusión y no pertenencia, dieron lugar a la creación de un terreno propicio para la violencia. Ocurrió que el vaciamiento o la nueva “huída” de aristócratas franceses, que en un primer momento escaparon de la Ciudad para instalarse en el remanso de las afueras ahora ocupadas por un color diferente, motivó a los africanos e islámicos, legítimamente franceses, a escapar del lugar que se parece a otro país dentro del mismo país. Así, cada vez que el hastío, la vagancia, la intolerancia y la falta de incentivos personales los azuza, se trasladan a “buscar” a los sofisticados que no pudieron convivir con ellos. Que aún los repudian.

Buscan, en la verborragia de la indignación, descargarse contra un sistema que en su universo de significados, al igual que en su sistema de creencias, no los acuna. Se repliegan contra el francés que no experimentó el cruce migratorio y que tal vez por eso, nos los considera más allá de un papeleo que los hace compatriotas.

Bajo estas características, se gestó el estado de caos. Aquel que se disputa en el corazón más luminoso, transitado y paquete de París a través del incendio de autos y coquetos negocios. No obstante, tiene su organización central y previa agitación, en la pelea entre los habitantes de otras Banlieue. Y de ellos contra la Police.

La integración social fracasó y con el fracaso se produce la paradoja de la expansión del Islam. Del África Urgente.

Y en ese fracaso, nace, crece y desarrolla La Banlieue parisina encuadrada en un territorio que queda lejos, no geográfica sino socialmente. Allí donde sus coordenadas están atravesadas por las leyes de los odios.

Continuará.

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