El "éxtasis" del poder

Fronteras permeables en el triángulo embrionario de Maras.

Desde la opacidad que genera la inseguridad, las sociedades latinoamericanas se han convertido en espectadoras de un panorama desolador manejado por los hilos del narcotráfico. El cual, se ha insertado en el continente frente a la permeabilidad de las fronteras y al implícito consentimiento que se vislumbra en la abulia gubernamental que genera, además, un fortalecimiento de los carteles internacionales que encuentran en el sur un espacio propicio de narcótica evolución.
Por eso encontramos, en el “éxtasis” del poder, el deterioro social.

Porque lejos de evolucionar, América Latina, fundamentalmente el triángulo embrionario de Maras (Argentina, Uruguay, Chile), retrocede. Se evidencia, que lo que se profundiza, no es un cambio positivo sino la degeneración del sistema. De ahí, que el cultivo del crimen organizado sea una práctica cotidiana que forma parte del universo de significados que Latinoamérica construye en sus más insólitas relaciones.

En sus arribos más temidos y en una propia formación de bandas mafiosas que se entremezclan con lo que se importa, así como con una localidad delictiva típica de las actuales condiciones socioeconómicas y culturales.
Bajo un discurso complaciente frente a los rencores arrastrados del pasado y una selectividad atroz al momento de definir norma y orden, los argentinos somos rehenes de los brotes pandilleros en estado larval con visión a la futura consolidación de Maras.

Se exhibe, con desparpajo, la opulencia de los Narcos que han trascendido las villas o los barrios marginales para insertarse en los grandes centros urbanos y realizar así, tal como se dice en la jerga, “las transas”.

Desde la distribución a gran escala que comienza en el Norte hasta el tráfico vinculado al narcomenudeo, se atraviesan distintos puntos estratégicos que hacen de la Argentina, el país del triángulo más expuesto en materia narcoterrorista.
En ese sentido, la línea que divide a la Capital Federal de la Provincia de Buenos Aires es cada vez más delgada y puede conjugarse con un paisaje estético y físico que determina un nuevo modo de percibir las formas de actuar, pensar y sentir de las emergentes generaciones de chicos buscados por los narcos para ser alineados en estratos inferiores de la pirámide criminal. Individuos que les sean funcionales para construir un cuerpo armado y organizado con nuevos cerebros que aún, no estén devorados por el consumo, por ejemplo, del paco.

Uruguay, otro de los vértices en jaque, atraviesa uno de los períodos más comprometidos en materia de inseguridad que lleva a los especialistas del país a ver cada vez más cerca la materialización de las Maras.
El deterioro de la ética de la moral y los valores, debidamente tratada por Nicolás Maquiavelo, y el controvertido estado de naturaleza pos moderno, revelan la centroamericanización latinoamericana atravesada por la barbarie que la anomia produce en cualquier país del globo.

Sin criminalizar a los pobres y comprendiendo que el estado excepcional no distingue estratos sociales, los menores criminales avanzan porque no encuentran un freno a su acción. Un límite, que está dado por la ley.
Entonces, desde los imaginarios, el acto está legitimado y la prórroga para el progreso se extiende al igual que la necesaria, aunque prácticamente inexistencia, dialéctica familia/escuela.

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