Niños soldados


La temprana edad en la oscuridad del crimen organizado.

Desde la peligrosa conspiración mundial, los seres humanos ingresan al campo de acción sumergidos en ideales y formas de vida que no se ajustan a los deseos de paz de las poblaciones. El mapeo refleja una situación bárbara. Entrecruzamiento de lugares olvidados y otros compulsivamente explotados por sus riquezas naturales.
En este escenario, entre otras cosas, encontramos a los niños soldados insertos en la tragedia de la moral y los valores que data desde antes de Maquiavelo. Desde la historia misma frente a un estado naturaleza que incita a la toma del poder por asalto.
Ellos son pequeños físicamente pero grandes ante la mirada absorta de sus espectadores. Menores de 18 años, sometidos a la manipulación de su psiquis hasta convertirse en asesinos obedientes, no participan por lo general de ejército nacional sino de agrupaciones integradas por desprendidos de la milicia, por grupos fundamentalistas o bien Tribales.
La inmediatez del pensamiento los pone en el panóptico como víctimas del sistema sin atender a la posibilidad de los victimarios. La urgencia de los derechos humanos y de los niños tiende a no contemplar la existencia de menores naturalmente asesinos que trascienden lo potencial por voluntad propia. Son, algunos de ellos, perversos. Traslucen una construcción social que se espeja en varios espacios de África. Se ubican más allá de la emergencia marginal.
Veamos. El continente africano es la cuna de este tipo de niños. De hecho, un relevamiento de datos elaborado por “Naciones Unidas estipula que en dicho continente hay más de cien mil niñas y niños afectados. Sobretodo en Uganda, Liberia, República democrática de Congo y Sudán”. Es difícil establecer una cifra exacta al respecto, ya que la disminución de niños soldados, en algunos casos, se debe a la finalización de algunos conflictos y no a las políticas gubernamentales de erradicación de la problemática.
Se dividen en dos grupos: Los genéticamente criminales que reciben adiestramiento y los que son manipulados mediante el consumo de drogas y un delicado trabajo de manejo mental para convertirlos en homicidas.
Unos y otros visten al continente africano. Lo completan en su paisaje de característica opacidad. De ensañada realidad que deambula por los sinuosos caminos del latrocinio.
El efecto dominó que voltea generaciones. Que las devora.
Los niños soldados solo conocen el paraíso de la desmesura. De la vida loca. Autómatas que se pronuncian enarbolados en un fundamentalismo que no alcanzan a comprender pero que han sido rigurosamente “educados” para defenderlo.
De ideologías confusas que solo pueden ser defendidas con armas porque la temprana edad impide una lucha retórica.
Son rehenes de sí mismos y otros, de algo que peor que el sistema. Son rehenes de los cuadros de ingenio del mal que se venden en los medios de comunicación como jactanciosos terroristas que le han demostrado al mundo que mientras ellos se perfeccionan y triunfan en el narcoterrorismo, los encargados en salvaguardar el bienestar de los ciudadanos han ingresado en una sostenida debacle que se profundiza ante el desconocimiento y la complicidad voluntaria con la mafia. Sucede, que en esta última, se obtiene mayor remuneración y beneficios relacionados con el poder internacional. Con lo cual, el paradigma caótico tiene como génesis la oficialidad del dinero. Aquel que los ciudadanos comunes no ven porque no conocen el circuito y tampoco los montos.
En cambio, lo que sí se observa es la miseria, el despojo y los residuos humanos que se propagan cotidianamente en el globo.
Desde la temprana edad se ingresa voluntaria o involuntariamente al crimen organizado. Las realidades socio económicas al igual que las históricas crean lugares propicios para que estos niños soldados construyan su identidad. Para que edifiquen su subjetividad desde la base de la violencia como forma de resolver conflictos. De esta manera la niñez deviene en negocio. Cuanto más entrenado física y mentalmente se encuentre el niño más se cotiza. El plus, lo dará siempre el menor congénitamente asesino y reforzado. No obstante, el tráfico o la trata de ellos no es entre grupos terroristas, dado que tales agrupaciones no cambian ni venden sus reservas. No venden a sus soldados. Quienes los comercializan son aquellos individuos aislados que sin dedicarse al terrorismo propiamente dicho coptan niños para luego venderlos al narco crimen. Niños soldados y niños tomados como escudos humanos.
Es así como Las Maras tienen a sus niños. También Al Qaeda, Hamas y Las FARC.
Algunas agrupaciones simulan el letargo de la contención para que no intenten escapar. Otras los detienen en el tiempo del horror cuando son violados. No hay distinción de género para ello. Si la hay para el tiempo de vida útil. Una niña siempre será asesinada antes que un niño cuando no, utilizada para servir sexualmente a rangos superiores porque esa es la ley interna que marca los compases de un mundo cada vez más salpicado de submundos.

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