Inseguridad teatralizada

La obra de Eduardo Pavlovsky en Página 12 y los intentos creativos de no explicar nada.

Desde la característica parcialidad del gobierno en materia de seguridad, aparecen nuevos adherentes vinculados a la intelectualidad complaciente que se enarbolan en la composición de la marginalidad y la pobreza como factores determinantes de la delincuencia. Fundamentalmente, de la delincuencia juvenil que ha puesto en la mesa de debate el interrogante del qué hacer con estas nueva generación de menores que bajo el cliché del desencantamiento del mundo, el hastío de la vida misma y la impunidad que les otorga la benevolencia de la ley salen a matar y robar como una práctica cotidiana que agudiza el proceso de descomposición social por el cual atraviesa, desde hace décadas, la sociedad argentina.
Bajo estas características, los ciudadanos, inexorablemente, se convierten en rehenes de las decisiones incoherentes de magistrados que aún no han comprendido, ya sea por incapacidad o bien, por voluntaria negación, que existen menores víctimas y menores victimarios. Estos últimos, divididos entre los diferentes estratos sociales que construyen el panorama callejero violento de nuestro país que ya es permeable a la penetración e influencia del narco al momento de entablar relaciones de poder.
Y los menores víctimas que también se dividen en estratos sociales, ya que niños que viven en barrios de emergencia o villas miseria también se encuentran atados a la demencia de aquellos que por decisión y rentabilidad no quieren salir del mundo delictivo.
Entonces, si de criterios epistemológicos y sociológicos se trata, pongamos las cosas en su lugar sin caer en baratos reduccionismos funcionales a un gobierno que ha bastardeado los derechos fundamentales de manera antológica.
A través de la palabra, analicemos el estado de situación de la realidad para que la llegada al lector tenga veracidad empírica y no sea producto del imaginario de individuos que buscan llenar las páginas de los diarios con ideas obsoletas que contribuyen a ampliar el espacio para la proliferación de las pandillas en su antesala de maras.
Como Eduardo Pavlovsky, que en un artículo titulado “Hambre y represión” publicado en Página 12 el sábado 22 de noviembre de 2008 se embarca en un intento descriptivo frustrado acerca de los por qué la inseguridad es la "estrella" de la Argentina.
Un intento creativo de no explicar nada.
Hace referencia a que la lógica de un chico del Conurbano Bonaerense no es la misma que la de un chico de Capital cuando lo cierto es, que la lógica delictiva no distingue espacio geográfico. La lógica del delincuente siempre es la misma con la única diferencia que algunos lugares son más proclives para llevar adelante la compulsiva seguidilla de ilícitos.
Un chico de La Matanza puede pensar como un chico de la Villa 31 ubicada en plena Capital Federal. Puede pensar, como dice Pavlovsky, que dentro de un par de años estará muerto. Algo que va más allá del espacio físico.
La inseguridad no es una caricatura para satisfacer morbos o perversidades.
Hacer comparaciones forzadas con el ayer es un sinsentido cuyo fin último y verdadero es profundizar las heridas de algunos, distorsionar el hoy y escarbar sigilosamente en los odios y los rencores que nos estacan en una sociedad de pasado que no evoluciona y por ende, tampoco se desarrolla en lo que a la construcción de la subjetividad respecta.
No permite que la conciencia colectiva se expanda y repose en los lineamientos de un presente que más allá de tener reminiscencias de pasado puede ser concreto y no repetitivo.
Entonces, resulta extraño que las mentes supuestamente agiornadas digan, por ejemplo, que el hambre y la desnutrición infantil son violaciones a los derechos humanos equiparables a las atrocidades de la dictadura. Y que allí está el germen de la formación de la delincuencia infantil y sus consecuencias actuales.
Traer a colación a la dictadura como parte responsable o equiparable de todas y cada una de las cosas que suceden en la Argentina es una carencia argumentativa típica desde Néstor a Cristina.
Sí es cierto que el hambre y la desnutrición son violaciones a los derechos del niño y de los hombres pero distan de ser comparables con la dictadura. Ese proceso se encuentra situado en otro momento socio- histórico que como tal, tiene sus propias características. Las cuales requieren, por supuesto, de un tratamiento aparte.
Es bastardear a los pobres decir que ellos son el germen de la delincuencia infantil. En todo caso, ellos, serán una de las extremidades de este banquete delictivo que paulatinamente se sofistica y alía con el crimen organizado que no precisamente es marginal.
Razón por la cual, la inseguridad a nivel Nacional no es el libreto de una obra que usted, como director, pueda dirigir, acomodando a sus protagonistas conforme a sus intereses creativos.
La inseguridad, no puede ser teatralizada en la página de un diario.

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