Delivery criminal


Apuntes sobre la emergencia Argentina en materia de inseguridad y la distinción entre menores víctimas y menores victimarios.

Desde los vacíos y la negligencia, la Provincia de Buenos Aires arribó al peor de los destinos. El de una muerte cada ocho horas en el extenso territorio bárbaro en el que no se distinguen estratos sociales, barrios y localidades.
La doble compulsión se apoderó de los vecinos. La compulsión de la negativa gubernamental enarbolada en la inseguridad en estado de sensación y la compulsión de los delincuentes que encontraron allí un espacio liberado para enriquecerse con lo ajeno y también, para satisfacer sus bajos instintos. Para explayar, con jactancia, sus patologías y regodearse del amparo, la benevolencia y una anomia que se supo construir, paulatinamente, en nuestro país.
Sublevados y escudados en el cliché del pauperismo, cuando no devoran familias enteras, las destrozan. Se resguardan en la victimización del sistema y es en realidad, el sistema, el que les ha proporcionado las herramientas para poder llevar adelante sus delitos.
La delincuencia tal como se presenta ahora, poco tiene que ver con la marginalidad, dado que esa condición les impide contar con los elementos suficientes para montar los operativos armados que conforman el panorama provincial. Porque más allá de la existencia de personas con escasos recursos que se mueven bajo precarios parámetros delictivos y el narcomenudeo, se necesita de cerebros y capital. Con lo cual, etiquetarlos a todos como delincuentes es caer en una concepción errónea que, a ciencia cierta y en el tráfico informativo, se desfigura hasta mutar en atrocidades y deformaciones que impiden analizar con claridad un estado de situación que concluye en un llamado de emergencia por la inseguridad.
Veamos. La pobreza devino en una estrategia funcional utilizada en la retórica de los encargados de salvaguardar el bienestar de los ciudadanos y funcional además para el crimen organizado que se sumerge en dicha retórica, ya que saben que quienes están bajo el panóptico gubernamental son los pobres y no ellos. Y quienes manejan en verdad el crimen son los narcoterroristas que aprovechan pues, ese señalamiento de culpa desviado, para desplazarse y proliferar.
Ya no hay potencialidad delictiva ni cuestionamientos acerca del colapso del vértice embrionario de maras argentino. La inseguridad estalló sin paliativos. Sin absurdos consuelos obvios.
La penetración de los cárteles de la droga así como pequeñas clicas larvales y aislados miembros de ejércitos de elite (Zetas) ingresaron a nuestra Nación. Entonces, frente a la catástrofe, recién ahora comienza a barajarse la posibilidad de bajar la imputabilidad de los menores y con ello, la creación de un espacio de debate entre abogados, sociólogos, psicólogos, periodistas, etc.
Que se los impute a partir los de 14 años no es una idea criminal. Solo que esa medida debe complementarse con otras que tienen que ver con la toma de conciencia, la prevención, la distinción entre maras, pandillas y tribus, la idoneidad jurídica y el claro discernimiento entre delitos culposos y dolosos. Incluso, hacer hincapié en la diferencia entre robos y hurtos que suele traer condenas incomprensibles.
Se debe establecer un plan de seguridad colectivo encuadrado en nuestra realidad y agiornado a las necesidades de los habitantes. Un plan global que cubra el desborde imperante que en muchos casos se origina al interior de una policía débil en su preparación y como el blog ha sostenido en varias oportunidades, relacionada en ocasiones con el delito al estar dentro o fuera de la fuerza. Coptando menores que amparados en la ley asesinan sistemáticamente. Que son enviados por los cuerpos de inteligencia que trabajan en pro de sus intereses a través de una rigurosa delimitación del terreno y en vista de ampliar redes en sus vínculos con los carteles de la droga y los escuadrones de la muerte.
Menores instrumento y menores que son pequeños estrategas alineados concientes de sus actos y al mismo tiempo poseedores de los derechos del niño como cualquier otro chico que no daña. Como fue el caso de Matías Bragagnolo. Un adolescente como tantos otros, víctima de la perversidad de menores victimarios. Chicos asesinos que gozan de los DD.HH en su carácter argentinamente selectivo y hacen, sin que se los llame y entre otras cosas, delivery criminal.

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