La Cobertura de Las Maras (07/11/07)

La ampliación y propagación de un problema a gran escala.

A pesar de la indiferencia que las autoridades gubernamentales argentinas demuestran ante el fenómeno de las maras en Centroamérica, el problema existe, se expande y profundiza.
El estado de alerta y emergencia en el que se encuentran los distintos países del continente da cuenta de que las posibles soluciones planteadas y planes de mano dura no tuvieron el efecto positivo esperado. Por el contrario, los chicos que trascendieron las bandas para convertirse en mareros y que trabajan al unísono con los ex integrantes de ejércitos de elite, se han ido sofisticando en sus tácticas y estrategias alejándose de aquellos rasgos estéticos distintivos que los convertían en blancos de fácil captura por los encargados de mantener el orden.
Se alejaron de los barrios para luchar ahora, muchos de ellos, por el monopolio de las fronteras. Porque controlar las fronteras significa manejar los hilos del poder del narcotráfico.
Son jóvenes alineados por ex Kaibiles y Zetas pero también, son estos mismos los encargados de modificar la paz de las naciones. Ellos encontraron en las agrupaciones de maras un espacio de encuentro y violencia mucho más redituable que el ejército mismo.
Dejaron de salvaguardar a los ciudadanos para convertirse en verdugos y coptadores de menores de fácil manejo como consecuencia de la inexperiencia y las ansias de ascenso. De reconocimiento social. Un reconocimiento que los etiqueta como delincuentes de alta peligrosidad.
Estigmatizados voluntariamente, los integrantes del crimen organizado no piensan en el bien común de los ciudadanos. E independientemente de que la lucha no sea contra ellos sino entre ellos, es decir, entre las distintas organizaciones narcoterroristas, todos los individuos encuentran comprometida su seguridad. Aquella que está en jaque y que pone de manifiesto la fractura del tejido social.
Países enteros bajo un estado de barbarie que se creía propio del campo terminó copando los grandes centros urbanos, ya que una vez que la droga pasa las fronteras se distribuye en el interior. Y en ese interior se liberan luchas armadas que tienen como protagonistas a los compradores y a lo que podría darse en llamar, el lumpen de una mara.
Los chicos que recién ingresan y que se les asigna como tarea la distribución de la cocaína u otra sustancia en las ciudades.
Jerarquías en forma piramidal revelan que serán los “punteros” y no los pesos pesados del narco los que se arriesgarán a vender la droga a particulares. Para eso están los principiantes.
Las elecciones en Guatemala, por ejemplo, abren un nuevo panorama político social que busca erradicar a estas agrupaciones a través de medidas distintas a las planteadas por Pérez.
“Pérez ofreció ‘mano dura', para contrarrestar la violencia, que se cobra miles de vidas cada año. Colom prometió reducir la pobreza como manera de quitar insumos a las maras y al narcotráfico. Guatemala es uno de los países más pobres del continente. El 72% de sus casi 13 millones de habitantes se halla en esa categoría.” (Diario El Deber)
Ahora bien, además del narcotráfico, las maras se dedican al tráfico de personas y a robos complejos. Sus actividades son múltiples y sus objetivos variados.
Ningún país que se precie de serio puede obviar este problema, puesto que hasta en el primer mundo hay células de Maras. España es uno de esos lugares. Latin King y Ñetas comenzaron siendo agrupaciones de chicos rebeldes enfrentados y actualmente, algunos de ellos, se alejaron para alinearse con grupos terroristas internacionales del estilo de Al Qaeda y ETA.
Los instintos negativos de superación son una constante en los chicos que comienzan a ingresar en el mundo de la calle. Algunos, hasta se preservan del consumo de estupefacientes para tener la mente más clara y poder dirigir su mirada hacia el lugar que más les conviene.
En cambio, los menos ambiciosos y verdaderamente emergentes de la marginalidad, se juegan la vida en la comisión de delitos comunes y se hunden en el paco o la marihuana. Como sucede en nuestro país, Argentina. Aquí, el auge del paco es atroz. Se lo relaciona con la exclusión social por sus bajos costos aunque se ha comprobado su consumo en otros estratos sociales.
Indiscriminadamente adictivo y mucho más letal que otras drogas, el paco devora generaciones de chicos en banda que no encuentran un espacio en el que se sientan a gusto.
En algunos casos el problema es genético. Vinculado a una predisposición a las adicciones y a la vagancia. En otros, es producto de la descomposición social a la que se asiste. Razón por la cual, reducir el tema a una causa u otra es banalizar el problema.
Es lo que sucede en la Provincia de Buenos Aires. Se culpabiliza a los pobres de la inseguridad cuando al mismo tiempo se dice que el nivel de pobreza disminuyó notablemente.
Pero si los índices de pobreza son más bajos, cómo explicar que la inseguridad es cada vez mayor y sofisticada y armada.
La respuesta se encuentra en el eclecticismo. En la variedad de casos de violencia que versan entre lo simple y lo complejo. Casos que dan cuenta que nuestro país, bajo ningún punto de vista, está inmunizado del peligroso síndrome de las maras. Más allá de la negación y el desconocimiento voluntario sobre el estado embrionario que nos envuelve y que encontró a su primera víctima en el partido de La Matanza.
Allí, una pequeña célula de la Mara Salvatrucha entró en acción, encargándose de dejar señales de su paso.Un hecho que es mucho más que un aviso. Que una sensación.
Es una realidad que tiene conexión con otros países limítrofes. Países también comprometidos en su seguridad e insertos en un círculo siniestro y de cobertura que sigilosamente las maras han construido.

Desde las cárceles, las calles y las fronteras, se gesta un sistema de narcoinformación contundente y artesanal. Aquel que configura el panorama de un continente de crecimiento positivo dudoso en materia de seguridad, inclusión social y exterminio del crimen organizado.

Entradas populares