Acabados

El desgaste de la sociedad ante la brutal inseguridad y la negación larval de maras.

Desde el calamitoso panorama callejero de la Provincia de Buenos Aires se evidencia la incapacidad, así como la inexistencia de una gestión política acorde en materia de seguridad. Se asiste entonces al latrocinio de las poblaciones que se encuentren en el abismo de sus propias construcciones, dado que están sometidas a la operación del crimen organizado que ya se encuentra entre nosotros con características propias y las típicas de los carteles de la droga mexicanos, más, algunos sesgos de maras centroamericanas. Con lo cual, la violencia se ha dejado de percibir como lejana. Tanto es así, que el estado embrionario de maras se agiliza en su solidificación para instalarse en todos aquellos espacios que la abulia y la ignorancia voluntaria de los encargados en salvaguardar el bien común crearon o bien, liberaron, contribuyendo a la penetración del narco en el país y todo lo que el mismo acarrea para su funcionamiento.
Requiere, de una estructura contundente para desarrollarse y reproducirse en redes que se extienden a nivel nacional e internacional. Es por eso que el arribo de la mafia a nuestro país no es una situación que pueda interpretarse como un hecho sorpresivo. Como una instancia incontrolable o como episodios aislados que responden a simples coincidencias con los niveles de violencia que se viven en Centroamérica.
El cliché es ubicar a todos los grupos violentos en la categoría de Maras sin distinguir una agrupación de la otra. De ahí que las representaciones sociales que suelen tenerse acerca de las maras son equívocas y proporcionales al pánico colectivo que se intensifica con el tráfico de información y con las experiencias cotidianas que siempre cuentan, al menos, con un muerto.
Todo grupo de personas es catalogado como pandillas o como maras sin resaltar las diferencias existentes entre ellas. Las cuales, a su vez, marcan los procedimientos y dejan sus rastros, estratégicamente, en la escena del crimen. Crímenes que jamás pueden ser cometidos por bandas, ya que son sofisticados en el entramado de relaciones, en las armas utilizadas y en las sumas de dinero en juego.
Pensemos que la no internalización del narcoterrorismo como una instancia más de la vida es lo que genera el asentamiento de individuos que se organizan para coptar, alinear y adiestrar a las pandillas. Se busca, que muten a maras. Pandillas que son utilitarias y funcionales para el objetivo que se basa en controlar el narco para tener así el dominio de los hilos sociales del poder.
Y como Argentina no asimila la situación larval, el problema se agudiza. De ahí, que lo más interesante que tienen los discursos de Scioli, Stornelli y Aníbal Fernández sea la tendencia sostenida a la incoherencia y a la banalización con tintes de nefastas obviedades.
El Gobernador Provincial está abocado a su prédica evangélica; a combatir la barbarie con el deporte y a sentirse orgulloso por decir que el triple crimen de General Rodríguez fue sin duda mafioso. Como si esto último fuese un hallazgo de inteligencia.
Stornelli, prosiguiendo la línea evangelizadora, habla de la esperanza que tienen para arribar a las soluciones. Se opone al criterio de Fernández en lo que respecta a la despenalización de la droga pero debería transmitirle a su cara que la esperanza y la confianza son certeras y no una actuación retórica para los televidentes.
Fernández, negador compulsivo por excelencia y aval de la inseguridad en estado de sensación en épocas de Arslanian, sorprende en los medios de comunicación con un discurso falaz en el cual nos ubica como a un país de simple tránsito. Del consumo, se olvida. Razón por la cual, su línea interpretativa tiene vacíos y mesetas que son la respuesta del por qué en lugar de disminuir los índices de inseguridad, aumentan.
Todavía no se ha entendido o asimilado desde lo Nacional, Provincial y en la Ciudad, que la inseguridad se corresponde con una relación dialéctica entre traficantes y consumidores. Quienes en determinadas ocasiones son utilizados también como guías para la inserción de los dealers en lugares casi impenetrables y como entregadores de los enemigos que el narco sabe constituir.
El descontrol en las fronteras y en especial, en el norte argentino, es un indicador que constata la anomia imperante y la poca intencionalidad preventiva que se propaga por todo el territorio haciendo eclosión en la acabada Provincia de Buenos Aires que siempre es testigo de aberrantes homicidios relacionados con ajustes de cuentas, con asesinos a sueldo y con la potencialidad creciente de las maras. Se encienden así las interpretaciones sobre la presencia de mafias dentro de la policía bonaerense y de aquellos apartados de la fuerza que conocen los modos de operación para conformar células diagramadas con chicos emergentes de la pobreza pero ávidos de trascenderla con características adecuadas para ser adiestrados por ex uniformados que deberían estar, en realidad, presos.
Las excusas que muchos anteponen son los sueldos bajos, los escasos recursos y la falta de preparación para enfrentar la complejidad de los casos.
Ocurre, que las organizaciones criminales gozan de inmunidad por esta falta de conocimiento. Es decir, desde un lugar acomodaticio y durante la gestión de Solá, se supo importar el tema de las maras. En ese momento, un disparate antológico, en cambio hoy, existen embriones que son descartados desde la hegemonía, debido a que las maras dejaron de ser un fenómeno novedoso que pueda despertar curiosidad y desviar atenciones. Su potencialidad, es ahora sinónimo de los fracasos prácticos consecuentes de los delirios teóricos que han devenido en excesos y reduccionismos que no han hecho más que desgastar a una sociedad sujeta a la narcodemencia al tiempo que conciente de que la inseguridad, criminalidad e impunidad provienen de la puja del oficialismo y la oposición y del desorden al interior de los mismos estratos políticos. Además, claro está, de la complicidad que los grandes grupos económicos y políticos tienen -al igual que en Centroamérica- con las mafias vestidas de combativas del narcocrimen.

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