Sociedad del alumnado desencantado

Contestarios y enquistados en la incomprensión, los alumnos se revelan de manera brutal en las casas de estudio.

Desde la complacencia de los encargados en educar e instruir a las nuevas generaciones para abrir un espacio fortificado para las venideras, el estado de situación de la educación Argentina alarma, no por sus falencias sino por los hechos que se suceden en los diversos lugares de estudio.
No obstante, a esa complacencia, debe sumársele la benevolencia de la ley así como la de algunos juristas que aún abogan por mantener un nivel de imputabilidad que no es acorde a los tiempos modernos. Bajo estos modos de proceder, la sociedad argentina asiste al desquicio de la violencia como símbolo de confrontación jactancioso. De ahí, que los ciudadanos nos hayamos convertido en rehenes del desgastado cliché del desencantamiento del mundo sobre el cual se envuelven y por el cual transitan la vida en una búsqueda constante de marcar tendencia. Una tendencia que lejos de enaltecerlos, los vuelve lumpens mentales o parias que pululan por las calles con actitudes de permanente choque.
No son tribus urbanas y tampoco pandillas. Son los integrantes de la sociedad del alumnado desencantado que tienen interpretaciones retardatarias de convivencia.
Poseen, la osadía de los ignorantes.
Con estas características terminan por defenestrar a todos aquellos adolescentes que se preocupan por forjar su futuro a través del estudio, el trabajo y la consolidación dentro de la familia como célula de la sociedad.
Sucede, que actualmente, la media es la vagancia y el descontrol al interior de los claustros de estudio. Con lo cual, los estudiantes que no quieren vaciar las aulas quedan desdibujados y “deben” acatar la voluntad de ese cúmulo de intentos frustrados de aprendices que no hacen más que destruir edificios, menospreciar a los docentes desde lo moral e intelectual y criticar el modelo educativo imperante.
Además, claro está, de burlarse y maltratar físicamente a sus compañeros mediante un salvajismo llamativo pero característico de chicos que sienten e interpretan los límites como una forma de coartar sus deseos mediatos y futuros.
Se apoderan pues, de colegios y facultades, bajo consignas que distan de ser democráticas. Que nada tienen que ver con las premisas del socialismo y la igualdad. Que no se ajustan a las consignas de las libertades individuales y que colocan, a la libertad de expresión, en un lugar de retórica vulgar que no deja de caer en vacíos de conocimiento y en brutales reduccionismos prácticos.
Esos nuevos encendidos juveniles nada tienen que ver con la pobreza o la exclusión social. Son, simplemente, individuos presos del hastío que genera la quema de etapas y la búsqueda de nuevas sensaciones para generar en los televidentes o lectores algún tipo de reacción.
Son culturas que se valen de todos aquellos cientistas sociales que se nutren del evangelio de la comprensión. Entonces, al considerar que éstos chicos deben manifestarse y difundir sus reclamos se crea una confusión acerca de cómo hacerlo. Con lo cual, el vale todo penetra en sus conciencias hasta concebir la protesta social como una forma discursiva compulsiva hacia todo lo que consideran injusto o no sujeto a sus gustos.
Han comprado la selectividad de los derechos fundamentales y han creado un sentimiento de pertenencia para con el grupo que integran cargado de patologías. Un sistema de interacción nocivo para el resto que ha dejado de ser referente.
Es decir, escudados en saber que el castigo no será proporcional a las demencias de acción en las que incursionan, operan deliberadamente como si los espacios públicos fuesen de ellos.
Como si las casas de estudios fuesen campamentos para dirimir cuestiones ideológicas o llevar a cabo peticiones que no son más que un velo para evitar el aprendizaje. Para demorar las horas de estudio.
Brisas de superioridad y en algunos casos de excentricismo, caracterizan a esta nueva generación de adolescentes contestarios que entienden que el divertimento pasa por mancillar el nombre de un profesor. Además, son concientes que, si bien la difusión de los medios los pondrá en el panóptico social, también les otorgará la notoriedad deseada.
Sus formas de actuar, pensar y sentir penetraran en los imaginarios de chicos con códigos similares hasta producirse el clásico efecto dominó. Entonces, se reproducirán los ataques y se volverá una constante.
Porque de un tiempo a esta parte, la violencia en los colegios primarios y secundarios ha devenido en una práctica común y hasta casi naturalizada por los miembros de la comunidad educativa que buscan encontrar explicaciones a algo que se resume en no saber manejar las libertades que desde el campo familiar se puedan haber otorgado o bien, a la ausencia de límites y a la nula relación dialéctica que debe existir entre familia y escuela.
La primera, limitada a la educación basada en las normas de urbanidad y los usos y costumbres de la tradición y la segunda, en todo lo vinculado a la instrucción.
Si esa relación no se produce, las consecuencias son anunciadas y derivan en un estado de barbarie en el cual, la falta de respeto por las jerarquías así como la descomposición social son protagonistas de actitudes e imágenes que nos reflejan colectivamente como una sociedad en estado de anomia y desgastada.
Sociedad en la cual, palabras como ley, orden y normas están sujetas a la represión. Razón por la cual, la propagación de la promiscuidad y el vandalismo se vuelve irrefrenable, convirtiendo a los lugares dedicados a impartir conocimiento en campos de batalla en los cuales prima el descontrol verbal.
También el libertinaje sexual en la toma, por ejemplo, del rectorado de la UBA, el manoseo a profesoras y el destrozo de todos los elementos que componen tales sitios.
Situaciones que no evidencian frustraciones ni desigualdad de oportunidades.
Estimar esas circunstancias es no comprender la gravedad del problema y limitarlo a la banalización que culpa a la marginalidad de todos los males que nos azotan.
Por lo tanto, los hechos detallados ponen de manifiesto nuevas modalidades desplegadas en el campo de acción. Aquellas que impiden el normal desarrollo del dictamen de clases para trazar nuevos parámetros de aprendizaje que se ajusten a la evolución de las mentalidades insertas en un mundo moderno y globalizado que impone desarrollo para no quedar relegados respecto al resto del mundo.

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