Encadenados

Observaciones prácticas y teóricas del estado larval de maras.

La aspereza interna que puede producir no ser la cara visible del poder genera, en algunas personas, una insustancialidad práctica que alarma y que por cuestiones dinámicas arrastra al resto.
Se opera desde el atrás generando falencias y situaciones que ponen en jaque los logros obtenidos del mismo modo que se retrazan los venideros. Esto es lo que sucede al interior de grupos débiles en materia de organización. Aquellos que pretenden ser una banda, una mara o narcoterroristas, son en realidad pequeñas agrupaciones con ansias individuales y colectivas de ascenso que adolecen de criterios tácticos y estratégicos así como de un pensamiento agudo para embarcarse en la “institucionalidad” del crimen organizado.
Argentina no está al margen de esta situación. Solo que a veces, al detenerse en un solo tema, asiste al desatino de la ignorancia y pasa a ser solo un actor de reparto en el inmenso globo. De esta manera se reafirma que lejos de avanzar, nuestro país se estanca del mismo modo que otras naciones que juegan a la simulación del progreso, colocando un velo social que en ciertos estratos sociales, notoriamente sensibles por el pasado, se profundiza.
Tanto es así, que desmesuradamente se desestima la realidad insegura y se invita, con cierta coacción retórica, a pensar que inseguros fueron en la década del ’70. Que ahora todo es una sensación para desestabilizar a los encargados en salvaguardar la vida de los argentinos. Que los conflictos en el cordón bonaerense forman parte del imaginario de sus vecinos y que la Capital Federal es la cuna de la maravilla civil.
No se comprende que los cambios que ha producido la modernidad en conjunto con la globalización atañen a la seguridad en su antítesis, la inseguridad.
Se desestiman denuncias al tiempo que se descarta el reclamo de los ciudadanos sujetados a la violencia imperante en las calles. De hecho, basta ver la ausencia de la policía en lugares claves donde el delito se produce todos los días y a toda hora. Así es el barrio de Pompeya en las inmediaciones de Puente Alsina.
El tráfico de drogas, los robos, los asaltos, las tomas de rehenes no televisados, los niños tirados en los umbrales de las veredas consumiendo paco o aspirando de las bolsas de poxi, son algunas de las fotografías que conforman el paisaje de la miseria humana.
La Avenida Córdoba, por ejemplo, es otro tramo que en la madrugada de los fines de semana se vuelve intransitable. Gente en situación de calle, jóvenes que salen de los boliches alcoholizados y cuando no drogados utilizan los cestos de basura para expulsar el malestar adquirido luego de una noche loca.
La Avenida Triunvirato en las cercanías de la calle Monroe y cruzando la barrera es también una zona liberada. Una estación de tren casi tenebrosa que alberga en su entrada a menores que se recuestan buscando un poco de calor o un lugar menos expuesto para drogarse.
Calamitoso es lo que puede verse en San Miguel y en la zona bailable de San Martín (Provincia de Buenos Aires). Espacios intransitables para todas aquellas personas que quieran caminar solo a modo de paseo. En cualquier momento puede salir a golpes un chico o bien, un grupo de chicos del interior de un bar.
Sucede, que dentro de bares o locales bailables también existen los grupos. Esos grupos que no alcanzan las características del crimen organizado como se estableció en líneas anteriores pero que sí generan disturbios, incomodidad y un estado de alerta permanente.
Sin distinción de clases y en su mayoría jactanciosos de presentarse como desestabilizadores sociales, no permanecen en un mismo lugar. Se pasean, durante toda la noche, por diferentes bares en una búsqueda por pasar el tiempo. Un tiempo sin noción y un tiempo que pasa, fundamentalmente, si se está bajo los efectos de algún estupefaciente. Esa es la noche porteña, la noche de la Provincia de Buenos Aires y la noche en el resto de las provincias.
Y mientras los nuevos encendidos juveniles se desplazan, en los costados al igual que en los sitios más insospechados, están ellos. Los jerarcas de las verdaderas pandillas. De las bandas que buscan trascender para conformar una mara. Para aliarse a los narcoterroristas y aprender el oficio que mueve los hilos sociales del poder en el mundo a través de una construcción subjetiva y objetiva que requiere de un equilibrio mental para operar en los dominios de las fronteras.
No obstante, los narcos ya constituidos como tales están al acecho. Ellos ya se encuentran en el negocio a gran escala y van por más. No consumen, solo abastecen y observan quiénes son de los grupos que están en su panóptico, los más aptos para coptar en introducirlos en ese mundo que poco tiene que ver con la pandilla o el grupo que transita las calles en búsqueda de absurdas peleas.
Indagan, sigilosamente, sobre las características de cada uno de ellos. Buscan a los más fuertes. A los que se los nota ávidos por aprender y que tienen las condiciones necesarios para formar parte de esa elite narcótica de estructura piramidal en la cual solo vale la vida de las personas que están en la cúspide así como la de sus protegidos. También la de los más eficientes al momento de comercializar o realizar alguna transacción complicada más allá de las fronteras o fuera del continente.
Unos, insertos en el narcoterrorismo y otros, forjando el crecimiento de la pandilla para salir de ese embrión que busca expandirse para crear células o clicas en aquellos países que por desconocimiento o indiferencia voluntaria se han vuelto propicios para dicho armado y para la importación de un fenómeno que hasta hace casi dos años era prácticamente ajeno.
Hoy, en cambio, Argentina, Chile, Uruguay, Perú, Bolivia y Brasil de manera diferente, asisten al estado embrionario o larval de maras. Todos ellos encadenados a una problemática que aún cuenta con vacíos de conocimiento, confusión y negación.

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