Encadenados

21 de julio de 2008

Observaciones prácticas y teóricas del estado larval de maras.

La aspereza interna que puede producir no ser la cara visible del poder genera, en algunas personas, una insustancialidad práctica que alarma y que por cuestiones dinámicas arrastra al resto.
Se opera desde el atrás generando falencias y situaciones que ponen en jaque los logros obtenidos del mismo modo que se retrazan los venideros. Esto es lo que sucede al interior de grupos débiles en materia de organización. Aquellos que pretenden ser una banda, una mara o narcoterroristas, son en realidad pequeñas agrupaciones con ansias individuales y colectivas de ascenso que adolecen de criterios tácticos y estratégicos así como de un pensamiento agudo para embarcarse en la “institucionalidad” del crimen organizado.
Argentina no está al margen de esta situación. Solo que a veces, al detenerse en un solo tema, asiste al desatino de la ignorancia y pasa a ser solo un actor de reparto en el inmenso globo. De esta manera se reafirma que lejos de avanzar, nuestro país se estanca del mismo modo que otras naciones que juegan a la simulación del progreso, colocando un velo social que en ciertos estratos sociales, notoriamente sensibles por el pasado, se profundiza.
Tanto es así, que desmesuradamente se desestima la realidad insegura y se invita, con cierta coacción retórica, a pensar que inseguros fueron en la década del ’70. Que ahora todo es una sensación para desestabilizar a los encargados en salvaguardar la vida de los argentinos. Que los conflictos en el cordón bonaerense forman parte del imaginario de sus vecinos y que la Capital Federal es la cuna de la maravilla civil.
No se comprende que los cambios que ha producido la modernidad en conjunto con la globalización atañen a la seguridad en su antítesis, la inseguridad.
Se desestiman denuncias al tiempo que se descarta el reclamo de los ciudadanos sujetados a la violencia imperante en las calles. De hecho, basta ver la ausencia de la policía en lugares claves donde el delito se produce todos los días y a toda hora. Así es el barrio de Pompeya en las inmediaciones de Puente Alsina.
El tráfico de drogas, los robos, los asaltos, las tomas de rehenes no televisados, los niños tirados en los umbrales de las veredas consumiendo paco o aspirando de las bolsas de poxi, son algunas de las fotografías que conforman el paisaje de la miseria humana.
La Avenida Córdoba, por ejemplo, es otro tramo que en la madrugada de los fines de semana se vuelve intransitable. Gente en situación de calle, jóvenes que salen de los boliches alcoholizados y cuando no drogados utilizan los cestos de basura para expulsar el malestar adquirido luego de una noche loca.
La Avenida Triunvirato en las cercanías de la calle Monroe y cruzando la barrera es también una zona liberada. Una estación de tren casi tenebrosa que alberga en su entrada a menores que se recuestan buscando un poco de calor o un lugar menos expuesto para drogarse.
Calamitoso es lo que puede verse en San Miguel y en la zona bailable de San Martín (Provincia de Buenos Aires). Espacios intransitables para todas aquellas personas que quieran caminar solo a modo de paseo. En cualquier momento puede salir a golpes un chico o bien, un grupo de chicos del interior de un bar.
Sucede, que dentro de bares o locales bailables también existen los grupos. Esos grupos que no alcanzan las características del crimen organizado como se estableció en líneas anteriores pero que sí generan disturbios, incomodidad y un estado de alerta permanente.
Sin distinción de clases y en su mayoría jactanciosos de presentarse como desestabilizadores sociales, no permanecen en un mismo lugar. Se pasean, durante toda la noche, por diferentes bares en una búsqueda por pasar el tiempo. Un tiempo sin noción y un tiempo que pasa, fundamentalmente, si se está bajo los efectos de algún estupefaciente. Esa es la noche porteña, la noche de la Provincia de Buenos Aires y la noche en el resto de las provincias.
Y mientras los nuevos encendidos juveniles se desplazan, en los costados al igual que en los sitios más insospechados, están ellos. Los jerarcas de las verdaderas pandillas. De las bandas que buscan trascender para conformar una mara. Para aliarse a los narcoterroristas y aprender el oficio que mueve los hilos sociales del poder en el mundo a través de una construcción subjetiva y objetiva que requiere de un equilibrio mental para operar en los dominios de las fronteras.
No obstante, los narcos ya constituidos como tales están al acecho. Ellos ya se encuentran en el negocio a gran escala y van por más. No consumen, solo abastecen y observan quiénes son de los grupos que están en su panóptico, los más aptos para coptar en introducirlos en ese mundo que poco tiene que ver con la pandilla o el grupo que transita las calles en búsqueda de absurdas peleas.
Indagan, sigilosamente, sobre las características de cada uno de ellos. Buscan a los más fuertes. A los que se los nota ávidos por aprender y que tienen las condiciones necesarios para formar parte de esa elite narcótica de estructura piramidal en la cual solo vale la vida de las personas que están en la cúspide así como la de sus protegidos. También la de los más eficientes al momento de comercializar o realizar alguna transacción complicada más allá de las fronteras o fuera del continente.
Unos, insertos en el narcoterrorismo y otros, forjando el crecimiento de la pandilla para salir de ese embrión que busca expandirse para crear células o clicas en aquellos países que por desconocimiento o indiferencia voluntaria se han vuelto propicios para dicho armado y para la importación de un fenómeno que hasta hace casi dos años era prácticamente ajeno.
Hoy, en cambio, Argentina, Chile, Uruguay, Perú, Bolivia y Brasil de manera diferente, asisten al estado embrionario o larval de maras. Todos ellos encadenados a una problemática que aún cuenta con vacíos de conocimiento, confusión y negación.

Sociedad del alumnado desencantado

11 de julio de 2008

Contestarios y enquistados en la incomprensión, los alumnos se revelan de manera brutal en las casas de estudio.

Desde la complacencia de los encargados en educar e instruir a las nuevas generaciones para abrir un espacio fortificado para las venideras, el estado de situación de la educación Argentina alarma, no por sus falencias sino por los hechos que se suceden en los diversos lugares de estudio.
No obstante, a esa complacencia, debe sumársele la benevolencia de la ley así como la de algunos juristas que aún abogan por mantener un nivel de imputabilidad que no es acorde a los tiempos modernos. Bajo estos modos de proceder, la sociedad argentina asiste al desquicio de la violencia como símbolo de confrontación jactancioso. De ahí, que los ciudadanos nos hayamos convertido en rehenes del desgastado cliché del desencantamiento del mundo sobre el cual se envuelven y por el cual transitan la vida en una búsqueda constante de marcar tendencia. Una tendencia que lejos de enaltecerlos, los vuelve lumpens mentales o parias que pululan por las calles con actitudes de permanente choque.
No son tribus urbanas y tampoco pandillas. Son los integrantes de la sociedad del alumnado desencantado que tienen interpretaciones retardatarias de convivencia.
Poseen, la osadía de los ignorantes.
Con estas características terminan por defenestrar a todos aquellos adolescentes que se preocupan por forjar su futuro a través del estudio, el trabajo y la consolidación dentro de la familia como célula de la sociedad.
Sucede, que actualmente, la media es la vagancia y el descontrol al interior de los claustros de estudio. Con lo cual, los estudiantes que no quieren vaciar las aulas quedan desdibujados y “deben” acatar la voluntad de ese cúmulo de intentos frustrados de aprendices que no hacen más que destruir edificios, menospreciar a los docentes desde lo moral e intelectual y criticar el modelo educativo imperante.
Además, claro está, de burlarse y maltratar físicamente a sus compañeros mediante un salvajismo llamativo pero característico de chicos que sienten e interpretan los límites como una forma de coartar sus deseos mediatos y futuros.
Se apoderan pues, de colegios y facultades, bajo consignas que distan de ser democráticas. Que nada tienen que ver con las premisas del socialismo y la igualdad. Que no se ajustan a las consignas de las libertades individuales y que colocan, a la libertad de expresión, en un lugar de retórica vulgar que no deja de caer en vacíos de conocimiento y en brutales reduccionismos prácticos.
Esos nuevos encendidos juveniles nada tienen que ver con la pobreza o la exclusión social. Son, simplemente, individuos presos del hastío que genera la quema de etapas y la búsqueda de nuevas sensaciones para generar en los televidentes o lectores algún tipo de reacción.
Son culturas que se valen de todos aquellos cientistas sociales que se nutren del evangelio de la comprensión. Entonces, al considerar que éstos chicos deben manifestarse y difundir sus reclamos se crea una confusión acerca de cómo hacerlo. Con lo cual, el vale todo penetra en sus conciencias hasta concebir la protesta social como una forma discursiva compulsiva hacia todo lo que consideran injusto o no sujeto a sus gustos.
Han comprado la selectividad de los derechos fundamentales y han creado un sentimiento de pertenencia para con el grupo que integran cargado de patologías. Un sistema de interacción nocivo para el resto que ha dejado de ser referente.
Es decir, escudados en saber que el castigo no será proporcional a las demencias de acción en las que incursionan, operan deliberadamente como si los espacios públicos fuesen de ellos.
Como si las casas de estudios fuesen campamentos para dirimir cuestiones ideológicas o llevar a cabo peticiones que no son más que un velo para evitar el aprendizaje. Para demorar las horas de estudio.
Brisas de superioridad y en algunos casos de excentricismo, caracterizan a esta nueva generación de adolescentes contestarios que entienden que el divertimento pasa por mancillar el nombre de un profesor. Además, son concientes que, si bien la difusión de los medios los pondrá en el panóptico social, también les otorgará la notoriedad deseada.
Sus formas de actuar, pensar y sentir penetraran en los imaginarios de chicos con códigos similares hasta producirse el clásico efecto dominó. Entonces, se reproducirán los ataques y se volverá una constante.
Porque de un tiempo a esta parte, la violencia en los colegios primarios y secundarios ha devenido en una práctica común y hasta casi naturalizada por los miembros de la comunidad educativa que buscan encontrar explicaciones a algo que se resume en no saber manejar las libertades que desde el campo familiar se puedan haber otorgado o bien, a la ausencia de límites y a la nula relación dialéctica que debe existir entre familia y escuela.
La primera, limitada a la educación basada en las normas de urbanidad y los usos y costumbres de la tradición y la segunda, en todo lo vinculado a la instrucción.
Si esa relación no se produce, las consecuencias son anunciadas y derivan en un estado de barbarie en el cual, la falta de respeto por las jerarquías así como la descomposición social son protagonistas de actitudes e imágenes que nos reflejan colectivamente como una sociedad en estado de anomia y desgastada.
Sociedad en la cual, palabras como ley, orden y normas están sujetas a la represión. Razón por la cual, la propagación de la promiscuidad y el vandalismo se vuelve irrefrenable, convirtiendo a los lugares dedicados a impartir conocimiento en campos de batalla en los cuales prima el descontrol verbal.
También el libertinaje sexual en la toma, por ejemplo, del rectorado de la UBA, el manoseo a profesoras y el destrozo de todos los elementos que componen tales sitios.
Situaciones que no evidencian frustraciones ni desigualdad de oportunidades.
Estimar esas circunstancias es no comprender la gravedad del problema y limitarlo a la banalización que culpa a la marginalidad de todos los males que nos azotan.
Por lo tanto, los hechos detallados ponen de manifiesto nuevas modalidades desplegadas en el campo de acción. Aquellas que impiden el normal desarrollo del dictamen de clases para trazar nuevos parámetros de aprendizaje que se ajusten a la evolución de las mentalidades insertas en un mundo moderno y globalizado que impone desarrollo para no quedar relegados respecto al resto del mundo.
 
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