Tiempos

Observaciones sobre un conflicto que aflora la devaluación de los políticos.

Desde hace más de dos meses, la sociedad argentina asiste a un estado de situación que revela el caos y la descomposición en las distintas esferas de la vida como consecuencia de un gobierno que ha colapsado.
Y tanto es así, que el conflicto con el campo por el tema de las enquistadas retenciones ha terminado de desquiciar al país masivamente. Por hartazgo, por desacuerdo con alguna de las partes, por ignorancia o bien por malestar hacia las dos partes, los ciudadanos, como activos participantes de los hechos sociales urbanos y rurales estamos al pendiente del me dijo, le dije, le digo. Un síntoma propio del mundo artístico revisteril que se ha propagado al escenario político, evidenciando, entre otras cosas, la debacle de los políticos argentinos.
Bajo estas características, el escándalo, así como los dimes y diretes se debaten en la encrucijada creada entre el campo y el gobierno. Entonces, los tiempos de horror se agudizan prosiguiendo por un camino escudado en los aromas retóricos del progresismo. Aquel que no es más que un simulacro para coptar a los sectores más sensibles paralizados en el siglo del miedo que vinculan la palabra orden o cumplimiento de las normas con totalitarismo, fascismo, recorte de la libertad de expresión y otras situaciones que caen, inexorablemente, en un reduccionismo semántico. El cual, se haya fomentado por un discurso gubernamental funcional a esa sintomatología.
Razón por la cual, nada mejor que introducir en un comunicado de prensa la palabra golpismo. Nada mejor que demonizar al sector agropecuario y no atender al descalabro contradictorio que se ha gestado al interior del gobierno.
Un gobierno que finge compromiso social y que ante cualquier instancia que considere que lo estorba se vuelve demencialmente susceptible. A punto tal, de romper el diálogo y crear una zaga de encuentros y desencuentros. Aquellos que, en lugar de profundizar el bendito cambio del cual habla y se jacta la Presidente, profundiza la toma de rehenes de la cual somos víctimas los argentinos.
Porque ante esta problemática, si pensamos colectivamente, todos perdemos. Perdemos como país enrarecido con la supuesta acción evolutiva por la cual atraviesa América Latina. Damos la vuelta al mundo con tristes imágenes que reflejan el pauperismo mental que confunde terminologías.
Atendamos pues a la línea de pensamiento de una de las presencias impresentables del Gobierno Nacional. Intentemos internalizar, por algunos segundos, que toda persona que vista bien es oligarca. Concluiríamos así con que Cristina Fernández es oligarca. Por lo menos, eso debiésemos deducir al ingresar a la vorágine de entreverada lógica de Luis D’ Elía.
Hombre caracterizado por el uso de la fuerza física al momento de expresar sus descontentos y/o desencantamientos ante las situaciones creadas por la crueldad de las economías de mercado y otras barbaridades impuestas por el sistema capitalista. Además de sus incontinentes frases cargas de propias frustraciones.
D’ Elía, el individuo que ha encontrado dentro de la pobreza la riqueza de ser piquetero aliado al gobierno. Porque en Argentina, haber sido o ser víctima de algo o alguien muta en negocio. Más aún, cuando se acuerda con los grupos de poder que ingresan al campo de acción enarbolados en la defensa de los derechos fundamentales del hombre. Derechos que, por estratégica voluntad, son siempre selectivos y parciales.
Así es la Argentina de este tiempo. La Argentina cuya condición humana ha sido devaluada tanto desde el oficialismo como desde algunos estratos de la oposición.
Fundamentalmente, la del lado apocalíptico que entremezcla esperanza, la llegada del “mesías” y el acabose acompañado de estoicismo, con un devenir de la historia kirchnerista anunciado por la futuróloga Elisa Carrió. Quien recorre los medios de comunicación bajo estado de intensa conmoción y emoción, ya que siente que los parámetros de Arendt –los que se encargó de deformar- cobraron vida y sentido en el encuentro de Rosario. Lugar en el que ciertamente, la gente, se acercó de manera voluntaria y en el que se creó un espacio propicio para la interacción.
Del otro lado encontramos a Mauricio Macri preocupado y embarcado en un intento frustrado por mediar en el conflicto campo/gobierno. Macri, que debe luchar con los baches en las calles también debe afrontar sus propios baches de Jefe de Gobierno que adolece de claridad explicativa.
Que aún no ha comprendido que debe dejar a la señora Michetti abordar los temas de rigor político, puesto que es una mujer que posee un background y una estructura de pensamiento que no puede ser evaluada, como en el caso de Macri, como una herramienta más que la Presidente sume a su larga lista de subestimaciones.
Sucede, que desde la soberbia cultural y soltura lingüística calculada con la que se presenta en cada acto Cristina Fernández, se pone en juego el rigor y el poder de la palabra que tiene o no llegada.
Que puede acercar, mantener o alejar al público que espera soluciones y certezas. No vacilaciones. Tampoco vacíos enmascarados de seguridad en los tiempos modernos y globalizados.
En los tiempos en los que la violencia se apoderó de los grandes centros urbanos. En los tiempos de la devaluación de los políticos que no pueden crear un espacio propicio para debatir ideas productivas que trasciendan esa mesa de debate.
Tiempos en los cuales, los grupos humanos no aprovechan la diversidad para la construcción de un pensamiento crítico que salga de la opacidad de lo autárquico para forjar un intenso y fructífero devenir de la historia.

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