Mundo inhumano

Los rehenes de la violencia. Un áspero recorrido por algunos de los lugares más castigados del globo.

Desde el paraíso de la crueldad individual se alcanza, por inexorables consecuencias, al colapso colectivo de las naciones en el marco de un mundo apoderado por la violencia que se revela contra las normas impuestas. Que se desata también ante la anomia o que surge por un estado de desestructuración de los usos y costumbres establecidos en un allá lejos y hace tiempo que se profundiza en la vorágine de los ritmos impuestos por la globalización, asistiendo a la visualización de imágenes que alarman por su contenido sangriento y por una alevosía descomunal.
Entonces, mientras la puja por el control del poder prosigue su curso, las distintas poblaciones son actores pasivos y activos de un extenso escenario sembrado de cadáveres que han sido rehenes del exterminio por causas que versan entre el ajuste de cuentas, las guerras del narco, los robos, los asesinatos por los asesinatos mismos o bien, los asesinatos para alcanzar un lugar en una pirámide conformada por individuos que escalan posiciones primando los fines y no los medios.
Bajo estas características y atendiendo a la intolerancia emergente, la miseria humana en los distintos campos de interacción se hace presente para mostrarle al mundo los instintos más bajos. Tanto es así, que recorriendo el globo nos encontramos con el tiempo del horror en su máxima expresión.
La prolongación del siglo del miedo es innegable.
El siglo XX se extiende con ferocidad impidiendo el paso ya no cronológico sino práctico del siglo del perdón. Aún se ensamblan las expresiones de deseo de la llegada de una etapa esperanzadora como es la de éste siglo que parece nunca terminar con una realidad distinta. La cual, terminó siendo una secuencia de estadíos de dolor y desesperación, tal como lo explica el sociólogo Wolfgang Sofsky.
Actos inhumanos son partes integrantes de una cotidianeidad prácticamente naturalizada por las sociedades que no encuentran ni consuelo, ni contención en los abúlicos y retardatarios gobiernos de turno que enmascaran los hechos objetivos y persistentes con simples situaciones aisladas.
Los acontecimientos ocurridos en Sudáfrica desatados a raíz de la presencia de inmigrantes son la prueba de la ausencia de leyes migratorias así como de la lógica del despojo por la que atraviesan países que terminan por expulsar a sus residentes nativos a países de otros continentes. Familias enteras que deben huir del pauperismo así como del terror que han generado los escuadrones de la muerte, los narcoterroristas y las maras.
Grupos organizados convierten en marginal a la Nación que habitan.
Razón por la cual, la salida a buscar amparo en otro lugar es un efecto inmediato que puede ser recibido por los habitantes del nuevo lugar de diversos modos. Sea con contemplación ante la barbarie que los llevó a exiliarse o con el desborde que produce la xenofobia como sucede en Johannesburgo donde grupos de jóvenes armados con pistolas, fusiles, armas blancas y otros elementos de ataque, arremetieron contra inmigrantes asentados en el llamado barrio negro.
Incluso, los alcances de la violencia llegaron a puntos macabros que tienen que ver con la quema de extranjeros vivos.
Por otro lado, la violencia en el Tibet o el Darfur son otros de los ejemplos de los sucesos más destacados en materia de inseguridad en los distintos puntos continentales.
Lugares en los cuales, la matanza de personas ha devenido en una lamentable pero cierta práctica común. En algo natural como dice Bernard-Henri Lévy en un acertado artículo publicado el 17 de abril de 2008, en el N° 1857 de Le Point.
El conflicto de Darfur es apenas mencionado en América Latina. Parte de América que se encuentra ocupada en asimilar los frustrados intentos de evolución. Que debe asimilar el ingreso del crimen organizado. Además, claro está, de un estado embrionario de maras que busca materializarse ya sea, desde la propia organización o desde la importación de sujetos que extienden sus redes mediante la narcoinformación que ha captado que son varios los territorios latinoamericanos liberados al asentamiento del terrorismo.
Ahora bien, volviendo a Darfur, la misma es una región ubicada al oeste de Sudán que atraviesa por una contienda humanitaria interétnica catalogada por periodistas y especialistas en enfrentamientos armados como el primer genocidio del siglo XXI.
Todo se desata, en primera instancia, por la competencia por controlar los escasos recursos de la zona. Recursos que en los últimos decenios escasean más, debido al considerable aumento demográfico y a las condiciones climáticas adversas.
Durante las décadas del ‘80 y del ‘90 se produjeron varios enfrentamientos entre las poblaciones negra y árabe. Enfrentamientos que con el tiempo y hasta la actualidad están empapados de intereses políticos y económicos, no blanqueándose las cantidades de muertes producidas. No se cuentan los homicidios, como bien lo dice el especialista francés, ni por decenas ni por centenares. Se esconden, mafiosamente, las cifras que evidencian el atroz estado de vida por el que atraviesan esas poblaciones que para muchos, se encuentran demasiado alejadas.
Allí los habitantes mueren en masa porque además, Darfur, es un lugar olvidado. Un lugar tal vez desconocido para algunos indiferentes que en su panóptico solo perciben lo cercano e inmediato.
Sin embargo, en la trágica región de Darfur se cometen temibles violaciones a los derechos fundamentales del hombre. Violaciones que ultrajan la condición humana.
“Reservas de supervivientes tratados como el ganado; la violación de las mujeres y niñas” son apenas algunos episodios del latrocinio vivenciado.
Caminantes fatídicos recorren, en búsqueda de alguna protección, esas tierras destruidas que son testigos de los crímenes más cruentos y espeluznantes. De este modo, la violencia en todas sus manifestaciones, transforma la esencia del hombre que se encuentra a la espera de lo peor. Aguarda, el devenir de la historia, en alerta y en estado naturaleza frente a los estímulos asimilados de este mundo inhumano.

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