Culto a la droga

El proyecto de la despenalización del consumo personal de droga en el contexto de una Argentina colapsada y rehén de la inseguridad.

De espaldas
Si algo le faltaba a la clase dirigente argentina es barajar la idea de despenalizar el consumo de droga. Una idea que no hace más que contribuir a la lamentable profundización del estado de anomia por el cual atravesamos.
Porque dicha despenalización es, entre otras cosas, obviar problemas. Es no haber tomado conciencia de los efectos que el consumo de estupefacientes tiene sobre las sociedades que se encuentran sujetas a los ritmos de la delincuencia.
Sucede, que las drogas no producen las mismas condiciones en el proceder de los consumidores. No todas las personas que consumen actúan del mismo modo. Y la pasividad, no es precisamente la regularidad que mayormente se evidencia.
En un país colapsado en todas sus esferas, con elevados índices de violencia, con un estado de inseguridad exacerbado por la formación del crimen organizado, la penetración del narcotráfico, el crecimiento de las pandillas juveniles y la inevitable realidad de observar un estado embrionario de maras; la posible despenalización del consumo aparece como la ratificación de la “inseguridad en estado de sensación”.
Sería pues, legitimar pasadas declaraciones, dándole la espalda a una problemática que ha crecido notablemente en los últimos años.

Contradicciones compulsivas
Combatir la inseguridad por un lado y por el otro, droga libre para los particulares. Contradicciones entorno a un problema tan complejo que nadie sabe cómo solucionar a ciencia cierta. Entonces, a través de la emulación de otros países se contribuye al caos.
Alucinaciones de un gobierno que entiende por apertura abuso de las libertades individuales. Para ello, se nutre de palabras sueltas así como de discursos inacabados que no son más que la reafirmación de las incoherencias a las que nos tienen acostumbrados.
Sondeos que se realizan desde la hegemonía para mantener esa tendencia sostenida de progresismo que aboga todas y cada una de las demencias de las supuestas necesidades libertarias. Aquellas que lejos de acondicionar un ambiente de desarrollo y evolución aportan a la involución individual y colectiva.
Ahora bien, concretar ese proyecto sería, sin duda alguna, ampliar los espacios del narcotráfico en Argentina. Aquel que busca combatirse en la calma discursiva. En la actuación que se pone en práctica para acompañar y tapar los grandes vacíos del saber. Porque si se realiza este planteo es porque no se contempló la magnitud de la violencia. Una violencia que no es privativa de las calles.
De hecho, de un tiempo a esta parte, la violencia se asentó en los lugares más insospechados. Así es como encontramos violencia en los hogares, en los colegios, en los estadios de fútbol.
Asistimos a un estado de descomposición social que refleja la debacle de la familia como célula de la sociedad, la puesta en cuestionamiento de la Iglesia como institución y la falta de organización en los planes educativos.
No aparece una relación directa entre familia y escolaridad en la que se establezcan parámetros de contención y formación en los usos y costumbres combinados con enseñanza de conocimiento paulatino. Eso se debe a la distorsión de roles y al traspaso de las responsabilidades.
No existe un equilibrio que permita conformar una dialéctica que nos ubique como una verdadera sociedad de progreso. Es más, incluir la palabra orden en el contexto de la Argentina actual es sinónimo de fascismo, totalitarismo y cuantas deformaciones idiomáticas quepan.

Relegación de culpas
Mediante el déficit argumentativo se desconoce o ignora, voluntariamente, que las personas violentas menores de edad que se droguen serán inimputables doblemente más allá de las atrocidades que cometan.
Drogarse y matar serán dos situaciones jactanciosas en el universo delictivo que copta menores de edad para fortificar la estructura piramidal en la que se divide el narcoterrorismo.
El cual existe, en primera instancia, por el consumo personal que luego prolifera a gran escala como consecuencia de la abulia gubernamental y de los beneficios económicos que se perciben.
Veamos, para que haya droga no solo se necesita de plantaciones sino también de una disposición que contenga distribuidores y proveedores.
Un círculo vicioso de legitimidad entre narcotraficantes y consumidores. Los primeros, perseguidos en apariencia y los segundos, amparados por la ley.
Locuras propias de decisiones que deben tomarse y que se encuentran ligadas, inexorablemente, a la lógica de los excesos confundidos con libertad de elección y decisión.
Querer “progresar” profesando un culto a sustancias que están matando generaciones a nivel mundial.
Por otra parte, considerar que los individuos jovenes y/o mayores se drogan por culpa de los traficantes, como dijo Aníbal Fernández, es no entender la metamorfosis que el proceso de socialización ha sufrido. Es parcializar los orígenes de las adicciones y banalizar el problema.
Es no comprender que los procesos urbanos se contaminaron más allá de la droga. Que la adicción a la misma puede dividirse por lo menos, en tres casos.
Primero por rebeldía ante el cliché del mundo cruel; segundo por irónica sofisticación y tercero por falta de educación a causa de la marginalidad.
Situaciones diversas que no pueden contemplarse del mismo modo ante la ley y que tampoco pueden ser tratadas bajo los mismos parámetros explicativos.
La predisposición a las adicciones, la intención de buscar nuevas experiencias como consecuencia del hastío que genera la inacción, el trascender tempranamente etapas y la exclusión social que no siempre tiene como efecto la drogadicción, deben ser hechos considerados y estudiados.
Deben ser la clara señal del desastre que puede producir legalizar el consumo de estupefacientes en una sociedad argentina aún estancada en el siglo del miedo y embebida de extraños conceptos de significación de normas.

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