Metamorfosis

Los cambios del crimen organizado y el desvío de la atención. Más, bandas y maras escindidas.
Al igual que las pandillas, las maras forman parte del círculo de inseguridad mundial.
Propagadas por todo el continente americano y con clicas en diversos países de Europa, estas otroras pandillas ahora son parte del crimen organizado que maneja los hilos del poder del narcotráfico. No obstante, para ello, debieron transformase.
Trascender el barrio y defender la frontera.
Dejar parte de las armas blancas y optar por las de fuego.
Las peleas que aprendieron en el tránsito callejero, imponiendo una cultura fueron dejadas de lado por el entrenamiento de sujetos especializados.
Brazos de ex miembros de los ejércitos de elite reclutaron a menores y adolescentes para alinearlos en tácticas y estrategias a gran escala.
Cambiar su estética original para poder infiltrarse al interior de los gobiernos. Para operar con los grandes grupos de poder político y económico que viven del tráfico de armas, drogas y personas.
Tanto es así, que “Los nuevos mareros van por la calle sin ninguna característica que les delate. Vestidos con ropa formal y sin un solo tatuaje visible, los pandilleros están más activos que nunca en sus extorsiones y otros delitos.” (Juan Carlos Llorca)
Con ello, la atención se desvía y las elaboración de alternativas para dar solución a la situación de barbarie por la que se enfrentan diversas sociedades, solo han producido el llamado efecto rebote.
Los planes de “mano dura”, de “limpieza social” y las leyes antimaras fueron factores detonantes para que las maras adquirieran ese bajo perfil que exacerba el peligroso fenómeno que han sabido crear, mantener y reproducir con el paso de tiempo.
Agrupaciones delictivas de alto riesgo que forman parte de los escuadrones de la muerte o bien, se asemejan a ellos, llevan adelante la matanza indiscriminada de niños y jóvenes.
Algunos de ellos, por negarse a ingresar al mundo de la violencia y otros, por no cumplir con las tareas que desde la cúspide le fueron asignadas.
“Según datos proporcionados por Casa Alianza, desde 1998 en Honduras se han registrado un total de 3,936 casos de niños y jóvenes asesinados brutalmente.” (El Heraldo; 28/12/07)
De esta cifra se desprende el riesgo por el que atraviesan las nuevas generaciones. Las cuales se han convertido en las principales protagonistas de la narcodemencia que cotidianamente se transmite por los medios de comunicación.
La ausencia de valores y la distorsión con respecto a los mismos son factores esenciales para que los menores de edad sean coptados por las bandas callejeras o por las maras para realizar trabajos riesgosos. Aquellos por los que sus miembros más destacados, no pondrían en juego su vida.
Ocurre, que en ambos mundos, las ansias de poder son desmedidas y la vida humana se presenta como un juego que por supuesto, tiene su precio. La misma es puesta bajo la mirada de quiénes se encuentran en la punta de la pirámide de la organización que lideran. O sea, la vida es un experimento sometido a la experiencia de prueba y error.
Pasar la prueba puede tener la lectura de no haber fallado en la elección y ser apto para estar dentro. En cambio, el error, puede interpretarse como sinónimo de ineptitud. Con lo cual, la pérdida de la vida al interior de este complejo universo de significados, lejos de ser un drama, se convierte en una solución.
Ahora bien, Honduras, El Salvador y Guatemala, son los países más comprometidos en una vorágine violenta que no encuentra su fin y que se agudiza, atrozmente, frente a la incapacidad de los gobiernos y a la precariedad teórica y empírica de los investigadores.
E incluso, ante la extrema confusión que aún existe entre pandillas y maras.
Sucede, que hasta el momento no se ha comprendido que ambas deben ser escindidas. De no hacerlo, se crean espacios propicios para que unas y otras puedan operar.
Las primeras al interior de los barrios y/o villas; las segundas, en las fronteras y protegidas por una estructura sofisticada que revela su evolución.
Aunque ambas, en diferentes niveles, comparten el mismo desafío, profundizar la miseria en el mundo, incrementando la violencia social.
Las ansias desmedidas de poder así como la necesidad de fomentar sentimientos de pertenencia explican tales cuestiones y evidencian los por qué de los métodos que estos grupos utilizan para permanecer en el campo de acción sin ser encontrados por las fuerzas de seguridad o deportados a sus países de origen.
Bajo estas características, pandillas y maras escindidas en sus formas de actuar, pensar y sentir se despliegan por los distintos países.
Argentina, Chile y en menor medida, Uruguay presentan un estado embrionario.
Estado embrionario de maras en metamorfosis para alcanzar y dominar las metas propuestas dentro del contexto de una América Central y Latina que lejos de avanzar retrocede e invita al crecimiento sostenido de grupos armados como las maras y similares a ellas que profundizan el siglo del miedo y revelan las diversas formas de violencia social como las epidemias del siglo XXI.

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