Columnas de la nada

La tendencia a querer figurar en la televisión y otros medios, aunque sea, cayendo en la ridiculez. El intento frustrado de Kavlin, el fantasma de la TV.
Al mejor estilo de las promesas de la nada de ciertos políticos abúlicos, algunos extraños personajes que pululan por los medios de comunicación escriben columnas, también de la nada.
Porque existe una tendencia sostenida a figurar. Aunque sea, haciendo el ridículo. Lo importante, es estar. Presentarse en los medios diciendo o bien, escribiendo situaciones que no son más, que un intento frustrado de análisis televisivo.
No es la primera vez que sujetos que trabajan en la televisión se encargan de boicotear al medio que los sustenta. Una contradicción en sí misma que tiene como única explicación, la necesidad de darle profundidad a un tema que a la audiencia no le interesa. Ahondar en la temática de los contenidos para demostrar que los códigos y parámetros de vida de quien escribe o dice, son distintos al del resto que elige.
Tal es el caso del prácticamente desconocido David Kavlin. Un muchacho que se lo conoce más por haber tenido cierto affaire con la hija menor del matrimonio Calabró, Marina, que por sus apariciones en los medios.
Es más, participó más de la televisión en los tiempos de Marina que como “conductor”. Pero Kavlines, hay muchos en el medio. Abundan los cazadores de mujeres de reconocidos apellidos para dar, aunque sea, un pequeño salto a la “fama”. La cual, es prestada y se diluye al momento de la ruptura amorosa si no se tiene talento para trascender la relación.
En el sitio de espectáculos Primicias ya, aparece algo así como una columna forzada que no conduce a nada. Esa nada que se ha vuelto emblemática pero que en algunos periodistas tiene más sentido, ya que contienen un bagaje intelectual más interesante y referencial.
Y Kavlin, ha querido emularlos, redactando una columna que se titula “La televisión no se mancha”. Un título lamentable al que si se le cambia la palabra televisión por pelota, nos quedamos con la brutal frase de Maradona: “La pelota no se mancha”. Otra gran contradicción que dio la vuelta al mundo, puesto que entre las tantas barbaridades que hizo el otrora diez, fue manchar la pelota.
Lo mismo hace este hombre. No quiere y sin embargo, termina por manchar a la TV con un estilo de escritura banal y una mirada absolutamente parcializada que no se ajusta a las demandas de la sociedad de consumo que le ha dado legitimidad a todo lo que él supone transgresiones televisivas.
“Pero no quiero criticar al medio dentro del que y del que vivo y mucho menos ponerme en una posición de Juez, porque soy parte”.
Luego, su discurso se vuelve insoportablemente auto referencial. Y agota, como en el párrafo anterior, tratando de justificar todo aquello que nadie lo ha obligado a escribir. Se justifica de sus propios conceptos y así deja en evidencia, que los mismos, lo único que buscan es dar una mirada distinta que busca destacarse.
“Y no se trata tampoco de conservadurismo, porque aunque no haya tenido demasiadas oportunidades de mostrar mis ideales y paradigmas siempre defendí los cambios.”
También hace referencia a las revoluciones pero sin duda alguna, no tiene en claro que es una revolución. Por lo menos, no cuando habla en materia televisiva.
La revolución tiene que ver con la aparición de la televisión y los alcances que la misma ha tenido a nivel mundial.
“(…) lo que pasa en nuestra TV y a lo que me quiero referir lejos esta de ser revolucionario.” En el contexto actual, la palabra revolución no tiene cabida.
Con esta frase, el fantasma de la TV nos está queriendo decir que no tiene la menor idea de lo que escribe. Sus manos no pueden seguir el ritmo de su pensamiento o viceversa.
Por supuesto que la televisión actual no tiene nada de revolucionaria.
No es más, que una instancia dentro de la infinidad de ciclos que ha tenido la misma desde su creación.
Es como siempre se ha dicho desde el blog, un sistema autopoiético que se regula a sí mismo a través de estudios de mercado que marcan las demandas y tendencias de los televidentes.
Quienes hoy buscan distenderse frente al aparato de televisión y olvidarse, por algunos instantes, de los imponderables y problemas de la vida cotidiana. Entonces, se detienen en los escandaletes, en los dimes y diretes. En todas las peleas mediáticas que venden por ser bizarras y combinar puesta en escena con realidad.
De ahí, que las reflexiones de Kavlin no tengan sentido o por lo menos, que no entren dentro de los parámetros que hoy venden.
Los códigos no los imponen los medios sino el público a través del encendido en el caso de la TV. Nadie es juez en ella. Todos son opinólogos con mayor o menor autoridad. Y en tal caso, si el chiquitaje opina sobre las divas del espectáculo es porque existen conductores que envían a sus cronistas con un micrófono para sacarles declaraciones que levanten polémica.
Así es la televisión de hoy porque así ha sido elegida.
Todos sumergidos en un juego mediático. Y el que no sabe jugar, que se vaya. De lo contrario, quedará relegado y caerá en la elaboración de columnas de la nada, preguntándose: “Un "juego" a los que muchos no queremos jugar. ¿Pero estamos obligados a hacerlo?”
Un cuestionamiento absurdo que no condice con esa necesidad imperiosa de ser un figureti de los medios.

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