Promesas de la nada

Arslanian, Scioli, Stornelli y la ignorancia del estado embrionario de maras.
Al tiempo que Jorge Julio López continúa desaparecido, Arslanian prosigue con el proceso de reacomodación de los hechos. Porque frente a la ausencia de noticias, una vez más, el Ministro intenta acomodarse.
Prepara el terreno para hablar de la eventual muerte del desaparecido. Algo que hasta hace unos meses atrás no hacía. Es más, sembraba esperanzas de vida.
Busca, a costa de negaciones y absurdas imprecisiones, sobrevolar a los venideros. Tantear los climas y dibujar, como si fuese una criatura de jardín de infantes, el paisaje de la Provincia de Buenos Aires.
Mostrar que abundan las sensaciones y escasea el drama.
Que todo lo malo que ha sucedido a lo largo de su inútil gestión no es más que una ficción. Una creación voluntaria de los bonaerenses para ofrecérsela a cualquier cineasta interesado en filmar el traspaso de la barbarie del campo a la ciudad.
Eso es lo que Arslanian intenta sembrar en la conciencia colectiva. Una conciencia que tiene memoria, ya que cotidianamente los hechos de violencia que nos envuelven impiden olvidar o reinventar lo que ayer sucedió.
No son aislados. Son concretos y violentos.
Operan en casi todo el país. Pero más, en aquellas zonas desbordadas por funcionarios abúlicos y retardatarios. Los cuales, con su falta de compromiso, segmentación de conocimiento y pensamiento autárquico, le dieron la bienvenida al crimen organizado.
A los grupos comando que toman por asalto a familias en medio de la noche.
El PBI de la República conformado por la Capital Federal, la Provincia de Buenos Aires, Rosario, Mendoza y Córdoba está en emergencia debido a la gestión de gobernantes que adolecen de capacidad práctica como consecuencia de su precariedad teórica. De la banalización de los temas y de la tendencia sostenida a considerar que la inseguridad es un estado de situación que emerge de la pobreza. Y con esa variable arman y adornan forzadas explicaciones de un fenómeno, que sin duda alguna, los excede.
A los que se van y a los que vienen. Estos últimos repiten religiosamente las mismas promesas de los que se van. La más previsible, sacar a los presos de las comisarías y trasladarlos a los centros penitenciarios. Empiezan, como siempre, de lo complejo a lo simple.
Como si no supiesen que para llevar adelante esa operación hay que reestructurar todas las unidades carcelarias. Ponerlas en condiciones, hacer la división correspondiente entre los presos, conforme a los delitos cometidos. Y por supuesto, acelerar el debido proceso. Esto es, dictaminar o no, una condena a todos aquellos individuos que están ocupando un lugar dentro de la cárcel sin haber sido juzgados aún.
La superpoblación, así como la complicidad que los delincuentes tienen con algunos de los guardias a cargo, hace que las cárceles no sean más que universidades del delito. Razón por la cual, los riesgos se incrementan.
Scioli, al igual que Stornelli, no tienen en cuenta todos los valores agregados que la delincuencia tiene en nuestro país. Pierden de vista, que el colapso es una situación que se ha dado en todas las esferas de la vida. A punto tal, de eclosionar.
Y el área de seguridad, es una de las más comprometidas.
La idea es correcta. No obstante, llevarla a la práctica requiere de una preparación. Se necesita de la creación de un espacio propicio para que los presos puedan ser trasladados. Entonces, mientras eso se prepara, hay que optimizar los recursos humanos disponibles.
No ser selectivos al momento de catalogar un delito.
Ahora bien, mientras en Guatemala la policía realiza allanamientos para buscar a integrantes de las maras, aquí, las autoridades gubernamentales no tienen en consideración el tema.
La presidente electa, por ejemplo, durante su campaña hizo referencia al fenómeno sin conocer el estado embrionario existente en Argentina.
Lo mencionó, como una problemática propia de los países Centroamericanos. No hubo atisbos de plantearse su arribo. La forma en la que paulatinamente, crece ese embrión.
Por ende, el problema se profundiza. Porque si todos los encargados de salvaguardar a los ciudadanos ignoran a las maras y creen en la inmunidad, estamos perdidos.
Como en otros países algunos grupos organizados están compuestos por ex integrantes de ejércitos de elite en combinación con pandilleros devenidos en maras; nuestra Nación puede experimentar el fenómeno con ex guerrilleros involucrados en el narcoterrorismo.
El análisis no es demencial. Solo condice con una lectura de hechos que demuestran que los excluidos no pueden organizarse en grupos comando.
No tienen, ni los recursos materiales y en algunos casos, la educación necesaria. Mucho menos, la que es específica para llevar adelante operaciones a gran escala.
“(…) el triángulo norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador) es una de las regiones más violentas del mundo.” (Panactual.com) En éste triángulo maldito, en un primer momento, se creía que eran los marginales los causantes de la violencia.
Con el paso del tiempo y a través de exhaustivas investigaciones, el vínculo con los kaibiles y los zetas adquirió sentido.
Y si bien es cierto que los planes contra las maras han fracasado, la toma de conciencia y los hallazgos del vínculo antes mencionado, hacen que las soluciones y las promesas no estén basadas sobre la nada como en nuestro caso.
Una comparación poco afortunada pero ilustrativa, es la que se puede hacer con Honduras.
“Un total de 3.489 niños, adolescentes y jóvenes han sido ejecutados extrajudicialmente en Honduras entre 1998 y 2006. Pero la matanza continua con toda impunidad ante la incapacidad del Estado de investigar y castigar a los culpables, muchos de ellos con nexos en la institucionalidad” (Ibid.)
En ese país, a diferencia de Guatemala, El Salvador y México, hay mayor resistencia a creer que las maras dejaron de ser las pandillas provenientes del pauperismo. De ahí, la incapacidad del estado en materia resolutiva.
Lo mismo sucede en Argentina. Las muertes por droga y asesinatos en menores de edad crecen notablemente. Sin embargo, la impunidad, persiste.
Para Arslanian como una sensación basada en argumentaciones para salvar su imagen y enarbolado en la idea de la difamación hacia su persona. En el caso de Scioli y como estrategia funcional a las demandas sociales, la inseguridad existe, preocupa y altera el orden. No obstante, reitera propuestas incumplidas por los que terminan sus cargos y apela al deporte como forma de erradicar la violencia.
Nostalgias de sus años en la motonáutica que las traslada a un momento marcado por la descomposición y la crisis extrema. Todo, en el marco de su retórica evangelista no apta para personas temperamentales.

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