La parcialidad de La Nación

Una nota del periodista Jorge Elías pone de manifiesto la precariedad de conocimiento sobre el fenómeno de las maras en el continente.
Resulta interesante y relevante la tendencia sostenida a la precariedad analítica sobre el problema de las Maras en el continente americano.
También es llamativa, la copia vulgar impartida por los medios gráficos y televisivos de la información publicada en los espacios digitales que suelen menospreciar.
Sucede, que se asiste a una devaluación de la información como consecuencia de la banalización de los temas.
Ello es lo que ocurre, por ejemplo, con el fenómeno de las maras.
Aquel que experimentó una clara transformación. La cual, con el paso del tiempo, llegó a evidenciar que la lucha que se había librado en el continente precisaba estudiarse desde otra mirada. Una mirada vinculada al poder que posee el narcoterrorismo y no a la marginalidad o desigualdad como aún sostienen muchos intelectuales.
Es decir, las interpretaciones reduccionistas son aquellas que invitan a la confusión y a la divulgación de críticas que solo llevan a evitar la solución final del problema en algunos casos, mientras que en otros, a concretarlo.
Porque el caudal de desconocimiento y el conocimiento parcial del panorama centroamericano, son dos instancias emblemáticas en nuestro país para que el estado embrionario de maras que ya encontró la primera clica en La Matanza, se materialice definitivamente.
Entonces, si no se abre un espacio de diálogo para el intercambio de conocimiento, los vacíos y los errores se reproducirán constantemente y los ciudadanos contaran con un tipo de información que nada tiene que ver con la gravedad del problema de las américas en materia de seguridad.
No comprender que nuestro continente está atravesado por la corrupción del narcoterrorismo es no saber en qué lugar de la investigación estamos situados.
Insistir hasta la saturación que la inseguridad es un conflicto que emerge de la exclusión social solamente, remite a una característica acomodaticia de los gobernantes y gobernados.
Consiste en mover las piezas del tablero de manera funcional a la permanencia en el poder.
En volcar la barbarie a un sector de la sociedad prácticamente olvidado pero recordado al momento de la culpa.
Por tales motivos, cuando un diario como La Nación publica una nota colmada de lugares comunes que insiste en confundir a los lectores sobre la realidad, el alerta se profundiza.
En el día de hoy, 19 de agosto de 2007, en noticias del exterior y en el diario mencionado, el respetado periodista Jorge Elías escribió “La ley del más fuerte.”
Una crónica sobre los hechos que se han producido en América Latina así como en Centroamérica que entremezcla opiniones redundantes y confusas sobre el fenómeno que pretendía analizar.
Un intento, que no pudo esclarecer que las maras no son las pandillas.
Modos de percibir las construcciones sociales del continente desde un paradigma que ha dejado de tener vigencia. El de la pobreza.
Cantidades de datos estadísticos que reflejan el colapso de la región y que no terminan de consolidar un criterio formado sobre dicho colapso.
Porque la línea de confusión entre las pandillas y las maras es imperceptible en apariencia aunque intensa, una vez que se ingresa en ambos mundos.
El mundo de las primeras difiere del de las segundas.
La diferencia está dada por las redes de contacto y alcance. También por la educación.
Mientras las pandillas se desplazan por el cuidado y la protección del barrio, las maras propiamente dichas, buscan el monopolio de la región. Del territorio. Operan a gran escala.
Con los carteles pesados del narcotráfico.
En cambio, las pandillas, continúan con los rituales de iniciación así como con la modalidad de los tatuajes.
Su relación con los narcos no es constante, ya que los pandilleros son utilizados por ellos en determinadas ocasiones.
Fundamentalmente, para la realización de delitos menores. Aquellos por los que no vale la pena arriesgar a ningún miembro fuerte del cartel.
Ahora bien, otra de las cosas que la nota de Elías expone, es que ingresar al mundo de delito es más sencillo que insertarse en un trabajo de tipo formal. Siempre refiriéndose a los adolescentes.
Esa apreciación es cierta. El error es considerar que quienes integran lo que él a veces llama maras y otras pandillas son provenientes de zonas marginales.
Lo cierto es, que las pandillas, en su mayoría, sí están formadas por jóvenes que han surgido de los estratos sociales más bajos y que han encontrado en ese espacio el poder que individualmente no tenían.
No obstante, algunos de esos adolescentes, con el paso del tiempo, fueron coptados por sujetos verdaderamente sofisticados.
Porque las maras, a diferencia de las pandillas, tienen que ver con la milicia. Así es en México y también, en Guatemala.
País de referencia que toma el autor y que lo lleva, lamentablemente, a caer en un lugar común.
“De Guatemala pasaron a Guatepeor en América Central” al tiempo que se refería al crecimiento cuantitativo de las pandillas o maras como dice.
Lo concreto sobre la problemática, es que crecieron cuánticamente maras y pandillas.
Las que se modificaron en nivel de calidad, fueron las maras.
Primero, por estar conformadas por ex integrantes de ejércitos de elite y luego, por haber llevado a sus filas, mediante un delicado trabajo de inteligencia, a aquellos miembros de las originales pandillas que buscaban trascender a ese grupo con poder colectivo que igualmente, seguía siendo marginal.
Fue así, como a través de un riguroso instructivo físico, táctico y estratégico, los adolescentes más osados, se alinearon con los ex Kaibiles de Guatemala y los ex Zetas de México.
De ellos recibieron el adiestramiento militar correspondiente para convertirse en el verdadero terror de la región y luchar así por el dominio de las fronteras que es sinónimo de guerra de narcos.
Razón por la cual, la nota del Secretario de redacción de La Nación es de aquellas notas en la cual, abunda el conocimiento parcial del tema, puesto que en Guatemala, la envergadura que han tomado las maras dan cuenta que atrás quedó el terror por las pandillas juveniles.
Y eso se debe, a lo expuesto.
A que muchos integrantes sobrepasaron las pandillas para adquirir más poder. Para ello, entablaron alianzas con los carteles de la droga y con ex integrantes del ejército Kaibil. Quienes encontraron en ese mundo, mayor remuneración que en la milicia.
En síntesis, por supuesto que el caso de Jorge Elías no es el único.
Para este fin de semana, su trabajo es la corona de una serie de equivocaciones signadas por la segmentación del conocimiento y la falta de pensamiento crítico, dado que complementa la entrevista que ayer fue publicada por el suplemento cultural de Clarín, Ñ, al sociólogo cubano Alejandro Portes. Quien desde ya, tampoco se privó de banalizar el problema de la inseguridad en todo el hemisferio al considerar la fuerte incidencia de la desigualdad en la violencia latinoamericana.

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