De atrapados y olvidados

El escape del violador Ochoa, el descalabro de la justicia y la sociedad a la que nos condenan.
Una vez, Gandhi dijo, “Ojo por ojo, el mundo, quedará ciego.” Y evidentemente, no se equivocó. Porque el mundo va por ese camino.
Camino de guerras por territorios. Por obtener poder. Por ideologías.
Parece que se diluyó la posibilidad de debate y el pensar distinto devino en una lucha de pensamientos.
El mundo está expuesto. Y Argentina, no es la excepción.
Nuestra sociedad ha colapsado porque las distintas esferas que la componen están en crisis. Con lo cual, el tejido social se ha quebrado y así se agudiza la descomposición a la que asistimos.
Hay fragmentación y venta de utopías.
Estamos expuestos como todos. No obstante, también se nos expone.
La falta de compromiso así como la ausencia de normas de urbanidad, exacerban la cultura de conflicto y prolongan el siglo del miedo. Un miedo convertido en terror.
El desconocimiento o la ignorancia voluntaria cobran protagonismo en la Argentina de Hamlet.
Signados por la tragedia que produce la venta de simulacros y la constante sensación de ser una sociedad de pasado y no de futuro.
Envueltos en una ola de inseguridad de la cual, nadie parece poder sacarnos. Ni siquiera, la justicia con sus fallos y sus acciones.
Hoy, un violador que fue condenado a 16 años de prisión por haber abusado de chicos discapacitados está prófugo. Y lo está, porque en lugar de encerrarlo luego del fallo, se lo dejó, extrañamente, en libertad.
Entonces, la justicia se vuelve parcial. Su credibilidad se pone en jaque y la pregunta que inmediatamente surge es ¿Por qué no iba a escaparse un sujeto condenado a 16 años de prisión efectiva?
El violador es un degenerado. Un sujeto que no se regenera jamás.
Su arrepentimiento, no es por el daño causado a la víctima y mucho menos a su entorno. El malestar, es por las consecuencias que el acto cometido tendrá sobre su persona.
Porque el violador es conciente de lo que hace. Su forma de proceder, no es en defensa personal. No viola o mata por estar bajo emoción violenta o en legítima defensa.
El sujeto viola por un placer degenerado. Y luego asesina, en determinados casos, porque la muerte es la condecoración del hecho cumplido.
Ochoa, es el violador condenado. Y su condena no fue caprichosa, puesto que sus abusos fueron comprobados. Lo que sí fue caprichoso y carente de sentido común, fue dejarlo en libre.
Es incomprensible esa decisión. Ni siquiera puede pensarse una lógica o seguir una línea de pensamiento coherente que de respuestas a dicha decisión.
Ahora bien, cuando el fallo se produjo, los medios informaron y como siempre opinaron. Y el punto de vista de todos fue el descalabro de la justicia y la barbarie cometida.
Se vaticinó la posibilidad de la huida y el vaticinio se cumplió. Lo cual, era obvio. El escape forma parte de las características mentales del violador y son, acordes también, a su biotipología.
Razón por la cual, lo sucedido, ya estaba anunciado.
Se desconoce su paradero.
No se sabe si aún está en el país o bien, salió del mismo.
El error de la justicia, puede haberse exportado o tal vez no.
Lo cierto es, que una esfera tan importante como la legal no puede permitirse estos trágicos equívocos.
El delincuente volverá a delinquir. Violará cuantas veces pueda.
Seguramente, su acción no sea inmediata. Esperará para no ser atrapado. Pero cuando lo considere, cuando ya no pueda manejar su asquerosa racionalidad, otra víctima pasará a formar parte de su lista.
Mientras tanto, el pánico se apoderó de los chicos abusados, de sus familiares y la sociedad debe estar alerta.
Otro violador comprobado está suelto por la falta de idoneidad de un tribunal.
Los padres le piden al Ministro Arslanian que haga algo. Que aquella ayuda que antes ofreció la materialice ahora, poniendo a todos los efectivos a buscar a Ochoa. Antes de que la historia se repita.
Este caso, es otro de los tantos que nos hunde en la opacidad social. Que confirma que vivimos en un país del revés. Que lo más importante es perpetuarse en el poder. Que nuestros funcionarios son, en su mayoría, retardatarios.
Que el orden ya no es sinónimo de salvaguardar el bienestar nacional sino más bien, es sinónimo de autoritarismo.
Esta última, es la concepción más inmediata del progresismo oficialista. Aquella que busca crear un estado de situación confuso bajo discursos que en apariencia parecen contundentes pero su génesis es vacía.
Nada está controlado y todo está desbordado.
Somos un país aislado y ligado a escándalos. Eso se debe, a que cuando nos vinculamos, lo hacemos con la gente equivocada. Con los países equivocados. Tal es el caso de Venezuela.
Vamos a contramano de la globalización. De la modernidad que convirtió lo sólido en líquido.
Somos una sociedad de atrapados y olvidados. En la que los derechos humanos son selectivos.
Se olvidan que son universales. Que a todos nos pertenecen.
Les pertenecen a las comunidades aborígenes, a los pobres que se los culpan de la inseguridad y también a los chicos que fueron abusados por Ochoa.
No es fascismo exigir que las penas sean proporcionales a los delitos. Tampoco lo es, que si el acusado es culpable, cumpla su condena como se debe.
Ayer en su discurso, la candidata Cristina Fernández pidió terminar con las vanidades y las banalidades. ¿Qué esperan para hacerlo?
La sociedad pide a su vez, sentido común.
Coherencia y dejar de lado esa tendencia a chocar con el mundo.

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