La Argentina de Hamlet

La tragedia de la “organización” política que tenemos.
De un tiempo a esta parte, el componente trágico se apoderó de las sociedades modernas generando un descontrol en las formas de actuar de los individuos que, en su búsqueda por dejar de ser sujetos sujetados, terminaron por crear un espacio de barbarie, seguramente, mucho más terrible de aquel que supo explicar Sarmiento.
La barbarie hoy, ingresó a lo que creíamos era, la civilización.
Antecedentes de la crisis de los valores y del quiebre del tejido social encontramos en los hechos ocurridos el año pasado en la estación Haedo; en el Hospital de niños; lo ocurrido hace algunos días en el Hospital Francés y lo sucedido en San Vicente.
Abundan los ejemplos de la tragedia a la que asiste la sociedad argentina. Una sociedad enferma que se encuentra apegada a los “abortos” de la política, a las reminiscencias de la vieja política y a una estructura de sentimiento apoyada sobre la nostalgia del pasado setentista, actualmente explotada por el gobierno de los “derechos humanos.”
La tragedia encontró a la política al tiempo que esta última encontró a la tragedia.
Una vida política en la que las garantías trascendentales del hombre desaparecen y la política comienza a reflejar de manera más aguda su componente trágico.
Siguiendo la definición de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) la tragedia podría ser definida como el aparato central de la vida política.
Tanto es así que Nicolás Maquiavelo (1469-1527) y Thomas Hobbes (1588-1679) inauguraron el pensamiento político moderno evidenciando la idea de tragedia.
En Maquiavelo encontramos la tragedia de los valores y la tragedia de la acción.
Bajo estas formas de tragedia observamos que la clase política argentina plantea en su retórica valores que se diluyen al momento de la obtención de la legitimidad social. Y al diluirse aquellos valores deseados y necesitados por los seres humanos, se produce la tragedia de la mala acción.
La tragedia del cambio de discurso que busca, por sobre todas las cosas, acumulación de poder a través del perverso juego con el pasado del dolor.
Así, se hace presente la ausencia de la supuesta moral política que debiese existir para construir Repúblicas Fuertes.
La estafa que se le hace a la sociedad optando por un sistema de valores funcionales al poder individual, produce una tragedia valorativa absolutamente perturbadora a nivel social.
Valores y acciones implican una decisión. Una elección, que en el caso de la Argentina, nunca tiene garantías. Sea por incompatibilidad, por equívocos, por obvios engaños, o simplemente, por ese velo que nos negamos a quitar.
Por su parte, Hobbes, apela a las instituciones, dado que las mismas constituyen el momento objetivo de la política. Y establece que son tres los móviles que llevan al hombre a estar en estado de guerra: LA DESCONFIANZA: para lograr seguridad; LA COMPETENCIA: para lograr un beneficio y LA GLORIA: para lograr reputación.
Lo mismo sucede en la barbarie argentina; lo mismo sucedía en Hamlet.
Argentinos enfrentados. Pobres contra pobres. Sindicalistas contra sindicalistas.
Compañeros contra compañeros del mismo partido.
Víctimas de la inseguridad contra víctimas de la inseguridad. Seguros contra inseguros.
Y el gobierno, contra casi todos. Todos, compartiendo las mismas motivaciones que llevaron a los personajes, magníficamente creados por Shakespeare, a estar enfrentados.
La justicia, la venganza, la culpabilidad, la corrupción, la ignorancia de sí mismo, el amor sin límites, la mentira, la decadencia, el orgullo, la voluntad de poder desmedida, la envidia, la tiranía, el odio.
Los hechos trágicos a los que los argentinos nos enfrentamos cotidianamente demuestran que vivimos en un estado de barbarie que, en términos de Hobbes, es un estado de naturaleza.
Un estado de todos contra todos en el cual, lo peor, puede suceder en cualquier momento, debido a que no hay garantía de nada. Tampoco, de obediencia.
La inseguridad, visible en el estado de naturaleza que supimos construir y también en Hamlet, lleva a los sujetos a dudar entre matar y no matar.
A estar entre dos imperativos morales antagónicos.
En el caso de Shakespeare, Hamlet, inventa todas las excusas posibles para no matar.
Sin embargo la constitución de un enemigo parece ser inevitable en las tragedias, así como en la política.
La necesidad de construir un criterio de lo político que difiriera de criterios morales y estéticos llevaron a encontrar la distinción entre amigo-enemigo.
Potenciales o no, los enemigos son los que llevan a los sujetos, en tanto morales, a preservar su vida y ponerlos frente a la disyuntiva de matar o no.
Lo mismo ocurre en nuestro país.
Hay una intensa necesidad de construcción de un enemigo para evitar el hacer y estancarnos en el pasado.
La situación de duelo en Hamlet es lo que marca, entre otras cuestiones, esta necesidad de constituir al enemigo. Lo mismo nos pasa a nosotros.
El señor Presidente Néstor Kirchner viene dando pruebas suficientes de su inmensa necesidad de confrontar, entablando, en lugar de un diálogo, un duelo con la oposición.
En este caso, duelo verbal.
Hamlet, en cambio, tomó por enemigo a Claudio y en cierto modo a su propia madre por la muerte de su padre. Se enemistó con Laertes -hermano de Ofelia- a quien insultó desmesurada e injustamente en el sepelio de su amada.
La explicación reside en entender el duelo como una instancia sumamente dolorosa de la vida anímica. El duelo que atraviesa la sociedad argentina es el duelo por la carencia de esperanzas y por la venganza interminable.
Las esferas de la vida, siempre tienen una carga ideológica. E independientemente del desinterés que se pueda mostrar por la política, todos, nos encontramos insertos en ella. Por ejemplo, Hamlet parece presentarse como un personaje desinteresado de la política y cuestiona en el transcurso de la pieza el orden social establecido en Dinamarca. No obstante y casi sobre el final de la obra, demuestra que él también tiene aspiraciones políticas, principalmente, cuando dice que “es como loco y no disimulando mi locura que vengo a luchar por el poder.”
Es decir, hay un momento en el que se hace un giro en la vida de un individuo.
El asesinato de los hijos o de un ser querido puede llevar a hombres y mujeres alejados de la vida política a entrar en ella buscando justicia y apoyo social.
Un apoyo que, en el caso del Ingeniero Blumberg, devino en legitimidad.
A punto tal, de ser un líder de muchas víctimas de la inseguridad y de aquellos que no siéndolo, tienen una profunda conciencia social.
Porque en realidad, la inseguridad, nos afecta colectivamente.
La experiencia del duelo de Blumberg, Bragagnolo, de los padres de algunas víctimas de la tragedia de Cromagnon, etc hace que los medios y la sociedad compren discursos, ya que frente a la inoperancia de los de arriba, se reclama, por lo menos, el que hacer de los de abajo.
De aquellos que hoy no ocupan cargos políticos pero que tal vez, a causa de la muerte de un ser querido, llegarán a ocupar una banca, una gobernación.
Al igual que en la Dinamarca de Hamlet, los argentinos vivimos en un estado excepcional, puesto que los crímenes, en su mayoría, no se resuelven.
Y en dónde la verdad, no está cerca.
La política está presente en todo momento porque constantemente hay hombres enfrentados.
Tanto en Argentina como en la obra misma, los hombres se enfrentan por tener el poder que no tienen, recogiendo los ecos del carácter trágico de la política.
Así, Argentina y Hamlet se conjugan para formar un híbrido que, finalmente, se transforma en la Argentina de Hamlet.

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