Asesinatos y desapariciones

La Argentina de la narcoviolencia y la justicia burlona.
La sociedad argentina asiste al caos que toda barbarie produce.
Cotidianamente los medios de comunicación informan sobre la muerte de tal o cuál persona.
Las desapariciones retornaron y las apariciones con vida parecen no ser más que una utopía.
Al igual que la economía, la muerte, también se ha globalizado.
La muerte que comúnmente se dice, es la prolongación de la vida o parte de la misma.
Hombres y mujeres luchan contra la barbarie y en su lucha, también, se vuelven bárbaros.
Porque es muy difícil primar la racionalidad por sobre la emoción cuando un hijo desaparece y resulta que los mismos vecinos tenían enterrado el cuerpo en el fondo de la casa bajo un parilla montada provisoriamente. Vecinos que, patológicamente, marchaban pidiendo la aparición de la persona que tenían enterrada.
Ese es el caso de una nena de apenas ocho años.
Evelyn. Quien salió de su casa de Lavallol para hacer unas compras y nunca más regresó.
Y la barbarie se hizo presente y se apoderó de los pobladores del Jagüel.
Un hombre mató al novio de su hija, ya que se oponía a la relación.
Los familiares del chico junto a los vecinos, le incendiaron la casa tomando venganza.
En Catamarca, se repite el caso Maria Soledad Morales.
Una chica de quince años, estudiante y modelo, fue encontrada muerta en un barrio de la ciudad.
Tres hechos trágicos que superan la ficción. Que trascienden las tragedias griegas.
Que demuestran que vivimos al borde y sujetos a la tragedia a través de la narcoviolencia.
Aún, nada se sabe de dónde está el chico de Corrientes Cristian Shaerer.
Un secuestro colmado de intrigas y engaños.
Individuos que se valen del dolor del otro para especular y se regocijan dando pistas falsas.
Falsas expectativas que dan esperanzas para luego convertirse en cenizas.
Una justicia que no llega y cuando llega, lo hace a medias.
El fallo del caso Axel Blumberg así lo demuestra.
Condenas absurdas.
Saber que cinco años se convertirán, como mucho, en dos.
Perpetuas que seguramente no se cumplirán.
Un código penal que deja mucho que desear. Un código que premia, en lugar de castigar.
Castigos no proporcionales a los crímenes. Impunidad de la que se jactan los delincuentes que en lugar de sentirse amenazados por el sistema se sienten protegidos.
Muertes dudosas, asesinatos patológicos, desapariciones.
Jorge Julio López no aparece. Con el paso del tiempo su aparición con vida se vuelve un concepto límite.
El fantasma de la muerte ronda más que el sentimiento de la vida.
La resignación que dudosamente llegue cuando quien muere no muere por una enfermedad o por el paso de la vida misma.
¿Cómo pedirles paciencia a Blumberg, Bragagnolo y Constanza Guglielmi?
Uno se pregunta como la señora Constanza le explicará a su sobrino, cuando crezca, que su mamá fue asesinada por un demente de un balazo en el pecho.
¿Cómo pedirles tranquilidad a los sumergidos en la pobreza? Gente en condiciones de extrema humildad que carecen de armas económicas y en muchos casos, culturales, para acceder a la justicia.
Porque es preciso saber, que en este país, por lo menos, no todos son iguales ante la ley.
La ley se aplica selectivamente e incluso, en esa misma selectividad, suele ser patética.
Vacíos de la ley. Ineficacia de los jueces.
Soberbia e impertinencia de personajes lamentables y desagradables en su retórica.
Ejemplo, Luís D’ Ellía.
El gran opinólogo y defensor de lo indefendible del gobierno de Néstor Kirchner.
Un piquetero que en el fondo, reniega de esa condición que él mismo quiso adquirir, y para darse mayor “jerarquía“ arregló con el gobierno.
Y de ese modo, ahora, es Subsecretario de Tierra y Vivienda.
D’ Ellía, un desgraciado que se atreve a decir que Blumberg lucra con el cadáver de su hijo para llegar a una gobernación.
El piquetero que suele ser la imagen del gobierno junto al publicista Braga Menéndez y otros impresentables más.
Explicando lo inexplicable, cuando mientras tanto, las desapariciones y las muertes se apoderan de la sociedad generando un lógico temor colectivo.
En los medios gráficos, televisivos y radiales predomina la muerte.
Porque la muerte, está entre nosotros. Pero no la muerte natural.
Nos envuelve la muerte programada y premiada.
Muchas preguntas frente a escasas respuestas.
Y así, la repugnancia se apodera de los seres humanos que buscamos vivir en una sociedad de iguales. En la que podamos convivir con dignidad sin hacer justicia por mano propia por estar desamparados por la ley.
Aquella que se burla, dándonos un revés.

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