Asesinatos y desapariciones

31 de octubre de 2006

La Argentina de la narcoviolencia y la justicia burlona.
La sociedad argentina asiste al caos que toda barbarie produce.
Cotidianamente los medios de comunicación informan sobre la muerte de tal o cuál persona.
Las desapariciones retornaron y las apariciones con vida parecen no ser más que una utopía.
Al igual que la economía, la muerte, también se ha globalizado.
La muerte que comúnmente se dice, es la prolongación de la vida o parte de la misma.
Hombres y mujeres luchan contra la barbarie y en su lucha, también, se vuelven bárbaros.
Porque es muy difícil primar la racionalidad por sobre la emoción cuando un hijo desaparece y resulta que los mismos vecinos tenían enterrado el cuerpo en el fondo de la casa bajo un parilla montada provisoriamente. Vecinos que, patológicamente, marchaban pidiendo la aparición de la persona que tenían enterrada.
Ese es el caso de una nena de apenas ocho años.
Evelyn. Quien salió de su casa de Lavallol para hacer unas compras y nunca más regresó.
Y la barbarie se hizo presente y se apoderó de los pobladores del Jagüel.
Un hombre mató al novio de su hija, ya que se oponía a la relación.
Los familiares del chico junto a los vecinos, le incendiaron la casa tomando venganza.
En Catamarca, se repite el caso Maria Soledad Morales.
Una chica de quince años, estudiante y modelo, fue encontrada muerta en un barrio de la ciudad.
Tres hechos trágicos que superan la ficción. Que trascienden las tragedias griegas.
Que demuestran que vivimos al borde y sujetos a la tragedia a través de la narcoviolencia.
Aún, nada se sabe de dónde está el chico de Corrientes Cristian Shaerer.
Un secuestro colmado de intrigas y engaños.
Individuos que se valen del dolor del otro para especular y se regocijan dando pistas falsas.
Falsas expectativas que dan esperanzas para luego convertirse en cenizas.
Una justicia que no llega y cuando llega, lo hace a medias.
El fallo del caso Axel Blumberg así lo demuestra.
Condenas absurdas.
Saber que cinco años se convertirán, como mucho, en dos.
Perpetuas que seguramente no se cumplirán.
Un código penal que deja mucho que desear. Un código que premia, en lugar de castigar.
Castigos no proporcionales a los crímenes. Impunidad de la que se jactan los delincuentes que en lugar de sentirse amenazados por el sistema se sienten protegidos.
Muertes dudosas, asesinatos patológicos, desapariciones.
Jorge Julio López no aparece. Con el paso del tiempo su aparición con vida se vuelve un concepto límite.
El fantasma de la muerte ronda más que el sentimiento de la vida.
La resignación que dudosamente llegue cuando quien muere no muere por una enfermedad o por el paso de la vida misma.
¿Cómo pedirles paciencia a Blumberg, Bragagnolo y Constanza Guglielmi?
Uno se pregunta como la señora Constanza le explicará a su sobrino, cuando crezca, que su mamá fue asesinada por un demente de un balazo en el pecho.
¿Cómo pedirles tranquilidad a los sumergidos en la pobreza? Gente en condiciones de extrema humildad que carecen de armas económicas y en muchos casos, culturales, para acceder a la justicia.
Porque es preciso saber, que en este país, por lo menos, no todos son iguales ante la ley.
La ley se aplica selectivamente e incluso, en esa misma selectividad, suele ser patética.
Vacíos de la ley. Ineficacia de los jueces.
Soberbia e impertinencia de personajes lamentables y desagradables en su retórica.
Ejemplo, Luís D’ Ellía.
El gran opinólogo y defensor de lo indefendible del gobierno de Néstor Kirchner.
Un piquetero que en el fondo, reniega de esa condición que él mismo quiso adquirir, y para darse mayor “jerarquía“ arregló con el gobierno.
Y de ese modo, ahora, es Subsecretario de Tierra y Vivienda.
D’ Ellía, un desgraciado que se atreve a decir que Blumberg lucra con el cadáver de su hijo para llegar a una gobernación.
El piquetero que suele ser la imagen del gobierno junto al publicista Braga Menéndez y otros impresentables más.
Explicando lo inexplicable, cuando mientras tanto, las desapariciones y las muertes se apoderan de la sociedad generando un lógico temor colectivo.
En los medios gráficos, televisivos y radiales predomina la muerte.
Porque la muerte, está entre nosotros. Pero no la muerte natural.
Nos envuelve la muerte programada y premiada.
Muchas preguntas frente a escasas respuestas.
Y así, la repugnancia se apodera de los seres humanos que buscamos vivir en una sociedad de iguales. En la que podamos convivir con dignidad sin hacer justicia por mano propia por estar desamparados por la ley.
Aquella que se burla, dándonos un revés.

La Argentina de Hamlet

25 de octubre de 2006

La tragedia de la “organización” política que tenemos.
De un tiempo a esta parte, el componente trágico se apoderó de las sociedades modernas generando un descontrol en las formas de actuar de los individuos que, en su búsqueda por dejar de ser sujetos sujetados, terminaron por crear un espacio de barbarie, seguramente, mucho más terrible de aquel que supo explicar Sarmiento.
La barbarie hoy, ingresó a lo que creíamos era, la civilización.
Antecedentes de la crisis de los valores y del quiebre del tejido social encontramos en los hechos ocurridos el año pasado en la estación Haedo; en el Hospital de niños; lo ocurrido hace algunos días en el Hospital Francés y lo sucedido en San Vicente.
Abundan los ejemplos de la tragedia a la que asiste la sociedad argentina. Una sociedad enferma que se encuentra apegada a los “abortos” de la política, a las reminiscencias de la vieja política y a una estructura de sentimiento apoyada sobre la nostalgia del pasado setentista, actualmente explotada por el gobierno de los “derechos humanos.”
La tragedia encontró a la política al tiempo que esta última encontró a la tragedia.
Una vida política en la que las garantías trascendentales del hombre desaparecen y la política comienza a reflejar de manera más aguda su componente trágico.
Siguiendo la definición de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) la tragedia podría ser definida como el aparato central de la vida política.
Tanto es así que Nicolás Maquiavelo (1469-1527) y Thomas Hobbes (1588-1679) inauguraron el pensamiento político moderno evidenciando la idea de tragedia.
En Maquiavelo encontramos la tragedia de los valores y la tragedia de la acción.
Bajo estas formas de tragedia observamos que la clase política argentina plantea en su retórica valores que se diluyen al momento de la obtención de la legitimidad social. Y al diluirse aquellos valores deseados y necesitados por los seres humanos, se produce la tragedia de la mala acción.
La tragedia del cambio de discurso que busca, por sobre todas las cosas, acumulación de poder a través del perverso juego con el pasado del dolor.
Así, se hace presente la ausencia de la supuesta moral política que debiese existir para construir Repúblicas Fuertes.
La estafa que se le hace a la sociedad optando por un sistema de valores funcionales al poder individual, produce una tragedia valorativa absolutamente perturbadora a nivel social.
Valores y acciones implican una decisión. Una elección, que en el caso de la Argentina, nunca tiene garantías. Sea por incompatibilidad, por equívocos, por obvios engaños, o simplemente, por ese velo que nos negamos a quitar.
Por su parte, Hobbes, apela a las instituciones, dado que las mismas constituyen el momento objetivo de la política. Y establece que son tres los móviles que llevan al hombre a estar en estado de guerra: LA DESCONFIANZA: para lograr seguridad; LA COMPETENCIA: para lograr un beneficio y LA GLORIA: para lograr reputación.
Lo mismo sucede en la barbarie argentina; lo mismo sucedía en Hamlet.
Argentinos enfrentados. Pobres contra pobres. Sindicalistas contra sindicalistas.
Compañeros contra compañeros del mismo partido.
Víctimas de la inseguridad contra víctimas de la inseguridad. Seguros contra inseguros.
Y el gobierno, contra casi todos. Todos, compartiendo las mismas motivaciones que llevaron a los personajes, magníficamente creados por Shakespeare, a estar enfrentados.
La justicia, la venganza, la culpabilidad, la corrupción, la ignorancia de sí mismo, el amor sin límites, la mentira, la decadencia, el orgullo, la voluntad de poder desmedida, la envidia, la tiranía, el odio.
Los hechos trágicos a los que los argentinos nos enfrentamos cotidianamente demuestran que vivimos en un estado de barbarie que, en términos de Hobbes, es un estado de naturaleza.
Un estado de todos contra todos en el cual, lo peor, puede suceder en cualquier momento, debido a que no hay garantía de nada. Tampoco, de obediencia.
La inseguridad, visible en el estado de naturaleza que supimos construir y también en Hamlet, lleva a los sujetos a dudar entre matar y no matar.
A estar entre dos imperativos morales antagónicos.
En el caso de Shakespeare, Hamlet, inventa todas las excusas posibles para no matar.
Sin embargo la constitución de un enemigo parece ser inevitable en las tragedias, así como en la política.
La necesidad de construir un criterio de lo político que difiriera de criterios morales y estéticos llevaron a encontrar la distinción entre amigo-enemigo.
Potenciales o no, los enemigos son los que llevan a los sujetos, en tanto morales, a preservar su vida y ponerlos frente a la disyuntiva de matar o no.
Lo mismo ocurre en nuestro país.
Hay una intensa necesidad de construcción de un enemigo para evitar el hacer y estancarnos en el pasado.
La situación de duelo en Hamlet es lo que marca, entre otras cuestiones, esta necesidad de constituir al enemigo. Lo mismo nos pasa a nosotros.
El señor Presidente Néstor Kirchner viene dando pruebas suficientes de su inmensa necesidad de confrontar, entablando, en lugar de un diálogo, un duelo con la oposición.
En este caso, duelo verbal.
Hamlet, en cambio, tomó por enemigo a Claudio y en cierto modo a su propia madre por la muerte de su padre. Se enemistó con Laertes -hermano de Ofelia- a quien insultó desmesurada e injustamente en el sepelio de su amada.
La explicación reside en entender el duelo como una instancia sumamente dolorosa de la vida anímica. El duelo que atraviesa la sociedad argentina es el duelo por la carencia de esperanzas y por la venganza interminable.
Las esferas de la vida, siempre tienen una carga ideológica. E independientemente del desinterés que se pueda mostrar por la política, todos, nos encontramos insertos en ella. Por ejemplo, Hamlet parece presentarse como un personaje desinteresado de la política y cuestiona en el transcurso de la pieza el orden social establecido en Dinamarca. No obstante y casi sobre el final de la obra, demuestra que él también tiene aspiraciones políticas, principalmente, cuando dice que “es como loco y no disimulando mi locura que vengo a luchar por el poder.”
Es decir, hay un momento en el que se hace un giro en la vida de un individuo.
El asesinato de los hijos o de un ser querido puede llevar a hombres y mujeres alejados de la vida política a entrar en ella buscando justicia y apoyo social.
Un apoyo que, en el caso del Ingeniero Blumberg, devino en legitimidad.
A punto tal, de ser un líder de muchas víctimas de la inseguridad y de aquellos que no siéndolo, tienen una profunda conciencia social.
Porque en realidad, la inseguridad, nos afecta colectivamente.
La experiencia del duelo de Blumberg, Bragagnolo, de los padres de algunas víctimas de la tragedia de Cromagnon, etc hace que los medios y la sociedad compren discursos, ya que frente a la inoperancia de los de arriba, se reclama, por lo menos, el que hacer de los de abajo.
De aquellos que hoy no ocupan cargos políticos pero que tal vez, a causa de la muerte de un ser querido, llegarán a ocupar una banca, una gobernación.
Al igual que en la Dinamarca de Hamlet, los argentinos vivimos en un estado excepcional, puesto que los crímenes, en su mayoría, no se resuelven.
Y en dónde la verdad, no está cerca.
La política está presente en todo momento porque constantemente hay hombres enfrentados.
Tanto en Argentina como en la obra misma, los hombres se enfrentan por tener el poder que no tienen, recogiendo los ecos del carácter trágico de la política.
Así, Argentina y Hamlet se conjugan para formar un híbrido que, finalmente, se transforma en la Argentina de Hamlet.

"La vida por Perón"

17 de octubre de 2006

Pequeña reflexión sobre los sucesos de San Vicente.
Tomar distancia de los hechos es complicado. Porque lo sucedido en San Vicente entorno al traslado de los restos del General Juan Domingo Perón, ha sido un verdadero desastre.
Es ver, como la barbarie se apropia de la sociedad dejando de lado a la civilización.
Es sentir que estamos cada vez más lejos del necesitado siglo del perdón y que el siglo del miedo se prolonga. Es darse cuenta en imágenes lo perdidos que se encuentran muchos aquellos que se creen peronistas, cuando son en realidad, “abortos” de la política.
O bien otros, reminiscencias de la vieja política.
Aquella que busca esconderse tras un movimiento que nació con Perón y que con él, murió.
Pocos eran los que acompañaban sentidamente y bajo la nostalgia del peronismo ésta caravana.
Moyano supo decir que a la violencia se responde con más violencia.
En su retórica había odio, ansias de venganza y un lamentable sentido de pertenencia del poder.
Lamentable, porque en su discurso se vislumbraba el sentimiento de la impunidad que da la desmedida acumulación de poder. Aquel legitimado por un gobierno que defiende los derechos humanos en una Argentina en la cual, el derecho más violado, es el derecho a la vida.
Primer derecho humano por excelencia.
Bajo una batalla antológica de golpes, tiros e insultos, los restos de Perón aguardaban.
Los discursos no cesaban y la memoria de quien supo darle identidad a la clase trabajadora se vio violentada.
Así, la frase simbólica “La vida por Perón” se diluyó en sí misma.
Quedó claro que lo peor que tiene Perón son los peronistas.
Y que el acto "organizado" devino en una lucha por los conflictos existentes al interior de las organizaciones gremiales.
Una vez más, los argentinos asistimos a un acto de barbarie.
Una vergüenza nacional. Una situación en la que nuevamente, la regla, fue el abuso.

Conquista y Colonización

13 de octubre de 2006

Breves apuntes teóricos y reflexivos.
Comprender la Conquista de América y las consecuencias que de ella han derivado, requiere la apertura de un espacio de debate, en donde el conocimiento no se encuentre segmentado, para así poder construir un tipo de pensamiento crítico y reflexivo.
Porque el descubrimiento y la Conquista de América es el inicio de un tiempo de colonización, de sometimiento y fusión, de independencias y muertes.
Es el pasaje a una nueva etapa en la historia de la humanidad que influyó, de manera extrema, en las formas de pensar, actuar y sentir de los hombres.
A través de la educación, las normas sociales y la familia en particular, se han ido desarrollando perversas formas de dominación.
Aquellas que llevaron al hombre a un “estado de guerra” signado por las pasiones y el deseo de tener lo que no se tiene. Así, tanto la conquista como la colonización fueron, entre otras, han sido terribles tareas albergadas por la memoria colectiva, puesto que el genocidio ocasionado mostró una vez más, que para muchos individuos, el fin siempre justificará los medios.
Las ansias desmedidas de poder de los mismos, convirtieron a ese genocidio en el motor de la acumulación originaria del capital, legitimada por la institución religiosa eclesiástica que desde siempre influyó en la construcción de la subjetividad de los individuos.
De esta manera, cuando tuvo que salvaguardar los intereses de alguna fracción de la sociedad lo hizo legitimando el discurso hegemónico dejando de lado todos los preceptos religiosos, además de cuestiones tales como el respeto, la equidad y la dignidad del hombre.
El movimiento de la acumulación originaria se encuentra marcado por;
-El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América.
-La cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen. -El comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales.
-La conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros, etc.
Es decir, todos estos hechos establecen los albores de la era de producción capitalista, por lo que puede señalarse, según la línea del teólogo y filósofo Rubén Dri que:
“El acta de nacimiento del capitalismo es, al mismo tiempo, el acta de defunción de numerosos pueblos americanos, cuyas riquezas servirán para que la naciente burguesía europea realice el despegue.”
 
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