Blumberg, el gobierno y la sociedad crítica


El dolor se vuelve objeto de critica, la sociedad se fragmenta y el gobierno califica de sensación a la inseguridad.
Por estos días, la figura del señor Juan Carlos Blumberg ha sido demonizada.
Desde que comenzó su lucha contra la inseguridad y formó la Fundación, tanto desde el gobierno provincial como desde la sociedad misma, se lo catalogó de oportunista. Incluso, algunos medios se subieron al banal juzgamiento.
Indudablemente, no se comprende que la lucha de ese hombre conlleva una catarsis.
Aquella, que otros la manifiestan mediante el llanto y/o la violencia; Blumberg, la desprende en acción.
Y no porque su dolor no exista o sea menor, sino porque es su forma, su modo. Posee las fuerzas que tal vez, muchos otros, no tengan. Pero eso, no los hace peores. Como a él, no lo hace mejor.
Simplemente, los distingue.
La condición humana encierra muchos misterios. El ser es absolutamente particular. Por lo cual, ante la tragedia, como es el asesinato de un hijo, no se reacciona de la misma manera.
El ser humano, por su propia naturaleza, se debate entre el ser y el deber ser.
Confronta con sus pensamientos y se revela ante la barbarie como puede. Según su capital cultural; sus recursos económicos; su universo de ideas; y principalmente, conforme a la fuerza y al valor que le queda.
Porque reinventar la vida después de la pérdida de un hijo, sin duda, no es fácil.
La vida misma lo demuestra. Hay una ley natural que lo dice.
Entonces, señalar mediante la agresión a una persona que sólo busca la verdad y terminar con una inseguridad que nos está devorando, no tiene sentido alguno. Es injusto.
Como todo individuo, con el paso del tiempo, el señor Blumberg debe haber bebido de la fuente del bien y del mal. En esa ceremonia que es la vida, muchas cosas deben haberle sucedido pero seguramente, ninguna tan trágica como la que le ocurrió a su hijo.
Los hombres son egoístas. Y con la historia se volvieron más individualistas aún.
Por ende, el compromiso suele llegar cuando le toca a uno mismo y no cuando le toca al de al lado. Así somos y quizás, así moriremos.
Por lo menos, mientras no aprendamos a construir sanamente desde el dolor.
Sostenernos en una memoria que no devenga en resentimiento y venganza. Que no nos demore en un pasado que no podremos cambiar. Mirar hacia delante y llegar a ese siglo del perdón que tanto necesitamos para construir una sociedad mejor. Poder dejarle a las generaciones venideras algo verdadero y no ficticio.
Actualmente, se acusa a Blumberg de oportunista; de querer valerse de la muerte de su hijo para obtener un cargo político, el de gobernador.
Tal vez, no sea una decisión acertada la de Blumberg.
La sociedad está fragmentada en la critica. Los individuos que lo apoyan deben querer continuar viéndolo como una persona palpable, no en la cúspide de la política, ya que la sociedad argentina ha atravesado los virajes de individuos que llegaron al poder.
A ese poder peligroso que se debate entre lo injusto y lo justo.
Injusto en tanto no se tiene, y justo cuando se tiene.
Pero criticarlo por querer ocupar tal cargo, tampoco es lógico. Además, por el momento, son simples especulaciones. Y si tanto es el repudio, la decisión se encuentra en la gente.
Quienes no lo quieren, claro está, no deben votarlo. Por su parte, las personas que lo quieren pero no en el poder, harán lo mismo. Las razones serán distintas; la acción, será la misma.
Se encuentra en cada uno cambiar el común denominador argentino.
La irresponsabilidad.
Nuestra sociedad vive en el círculo vicioso de la crítica sobre todo lo democrático que supo elegir.
Lo que viene siempre es mejor que lo que se va, cuando lo que se va, llegó por la elección de una mayoría.
Y se demoniza lo pasado, sea democrático o autoritario. Por ende, confiar en ésta sociedad es un arma de doble filo.
Sus apoyos no son consecutivos. Son cambiantes. El no hacerse cargo predomina. Al igual que lo individual prima sobre lo colectivo.
Aunque colectivamente huyen de la responsabilidad de su propia elección.
Se lleva adelante una huida para no asumir los equívocos. Equívocos que nos convierten en una sociedad selectiva para todo. Juzgar, etiquetar, recordar y olvidar. Sin una línea de pensamiento coherente, ni claras construcciones de sentido.
Carente de lazos de solidaridad sólidos y precaria en la toma de conciencia.
La huida de la responsabilidad se manifiesta en la homogenización.
En la nivelación por lo bajo y en el horror por todo aquello que signifique diferencia.
Por todo lo que se entienda como políticamente incorrecto.
Aunque lo políticamente correcto fue impuesto por una sociedad caracterizada por una profunda narcodemencialidad.
Y han sido tantos los simulacros de cambio vendidos, que la huida de la responsabilidad nos sigue rigiendo. Más allá que en su interior, el individuo, se encuentre con su propio engaño.
Sucede que nos encontramos ante un estado de situación en cual se ha sembrado la idea de que aquello que es común está bien o es como debe ser. Lo cual, es un error.
Lo común, no siempre es mejor. Varía según los casos.
La problemática que encierra el modo de actuar y pensar de Blumberg es prueba de ello.
Lo mismo sucede con el caso del padre de Matías Bragagnolo.
Tan irresponsable y soberbia se ha vuelta la sociedad que pretende intervenir en las formas de actuar, pensar y sentir de hombres que atraviesan por el momento más terrible que se pueda pasar como padre. Como madre.
Al tiempo que se cuestiona al señor Marcelo Bragagnolo por no quebrarse cuando habla; a Blumberg se lo condena por querer construir un mundo menos peor y por tener ideas más idóneas que los inoperantes que nos gobiernan.
Se lo cataloga de fascista por querer bajar en años la imputabilidad de los delincuentes. Cuando hay menores que son monstruos despiadados.
El castigo debe ser proporcional al crimen. Y las cárceles deben dividirse conforme a cada quien.
Es decir, que a cada uno le toque lo merecido. Ni más, ni menos. Si es el pauperismo en el caso de un violador, que lo padezca.
Dado que no todos lo sujetos son ávidos de rehabilitación.
Aquí Blumberg se presenta hasta benévolo.
Frente a estos dos casos, todos opinan de manera indiscriminada.
En teoría, la vida es más sencilla; en la práctica, hay que estar.
Hay que poner el cuerpo, ya que uno no puede saber verdaderamente lo que se siente hasta que le sucede, hasta que lo vive.
La imaginación existe. La aproximación al dolor podemos buscarla.
Ocurre que sólo es eso, imaginación y aproximación; no es el dolor en sí mismo. Entonces, juzgar a la persona que sufre es cruel.
Las familias tienen pilares que las sostienen pero siempre poseen una cabeza. Esa cabeza debe dar soluciones o intentar, por lo menos, buscar posibles soluciones. Y si la cabeza se cae, todo se desmorona. Tal es el caso del padre de Axel y del padre de Matías.
De dónde sacan las fuerzas, solo ellos lo saben.
Finalmente, el gobierno debe tomar real conciencia de la magnitud del problema. Porque la crisis que ya invade a la familia como célula de la sociedad, se acrecienta con éste tipo de hechos.
Desde el gobierno provincial se dice que la inseguridad es una sensación.
Nunca creí que una sensación matara, robara o violara.
No importa si hay menos o igual inseguridad que en otros lugares; lo importante es erradicarla y las propuestas de Blumberg son el inicio de un camino. Satisfaga o no satisfaga.
Si alguien tiene un mejor proyecto o puede hacer algo mejor, que lo haga.
Bienvenida la toma de conciencia que implica mayor compromiso.
Compromiso que, evidentemente, Arslanian y compañía, no poseen. De poseerlo, no hubieran querido importar un problema como el de las maras y tampoco hubieran calificado -como se ya se mencionó- a la realidad delictiva de burda sensación.

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